Recuperando horizontes, construyendo caminos desde la representación estudiantil I

Bueno pues aquí dejo la primera parte de la Ponencia que tuve la suerte de compartir en las I Jornadas de Representación Estudiantil organizadas por las facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias de la Universidad de Granada en 2010.

Hablar de representación o mejor dicho de participación estudiantil en las instituciones educativas  y particularmente en la Universidad obliga a hacer un repaso histórico a las formas y espacios que han servido para dar expresión a la voz de de estudiantes en toda la amplitud que el término recoge.

Si centramos nuestra atención en nuestro Estado podemos afirmar que el movimiento estudiantil ha sido precursor de verdaderos cambios políticos y sociales a lo largo de nuestra historia, sobre todo desde los siglos XIX y XX. Como señalan Gonzalez Calleja y Souto Kustrín (2007) en España “los primeros movimientos de protesta juvenil fueron fundamentalmenteuniversitarios”. Varios sucesos recogidos por estos autores en su trabajo De la dictadura a la república: orígenes y auge de los movimientos juveniles en España, indican la importancia de estos movimientos, así como su compromiso con el avance y progreso de la democracia y de la sociedad en la que se suceden. Los autores citan por ejemplo la “Noche de San Daniel del 10 de abril de 1865” donde se luchó por la defensa de la libertad de cátedra, los alborotos de la Santa Isabel en noviembre de 1884 con las mismos intereses de defensa en favor de la libertad de cátedra, las primaveras de 1903 y 1905 contra el aumento del clericalismo en las aulas… Estas movilizacionesy manifestaciones marcarían los inicios de un movimiento que ha tenido diferentes motivaciones y respuestas a las circunstancias vividas a lo largo del siglo siguiente.

Durante siglo XX la movilización estudiantil recorre una línea en la que ha evolucionado a través de distintas formas de participación en la institución universitaria, en el gobierno de la propia universidad y en la transformación de la sociedad.

Los primeros años del siglo y hasta el golpe de Estado que generaría la guerra civil española, lamovilización estudiantil mantuvo un papel muy activo en la politica estatal, hasta el punto de que algunos trabajos relacionan el estallido de la guerra con la fuerte oposición entre grupos de movilización juvenil, muchos de estos muy relacionados con los distintos grupos de participación estudiantil universitaria.

El final de la guerra y la dictadura del general Franco reducidiría la representación y participación estudiantil dentro de la Universidad al sindicato español universitario (SEU), un sindicato de organización vertical, marcado por la ideología del régimen y que servía como un elemento más de instrucción y control de la población, sobre todo de los grupos opuestos al régimen. Cómo ejemplo basta echar un vistazo a algunas de las competencias atribuidas a dicho sindicato en la Ley de 29 de julio de 1943 sobre Ordenación de la Universidad Española:

“a) Agrupar a todos los estudiantes universitarios.

c) Infundir con sus actividades e instituciones el espíritu de la Falange en los escolares universitarios.

d) Participar en la selección de los alumnos universitarios para el intercambio de pensiones o ampliación de estudios en Centros nacionales o del extranjero, de suerte que su informe favorable sobre la formación política de los candidatos sea preceptivo para la designación.

g) Organizar, de acuerdo con las normas del Ministerio de Educación Nacional, del Frente de Juventudes y de las disposiciones rectorales, el Servicio Obligatorio de Trabajo, cualquiera que sea el lugar en que haya de realizar sus tareas.

h) Determinar, conforme a las normas de la Delegación nacional del Frente de Juventudes, los planes obligatorios de Educación Física y Deportiva, que, una vez aprobados por el Ministerio de Educación Nacional, pondrá en práctica de acuerdo con las disposiciones rectorales los recursos materiales necesarios para la puesta en práctica de estos planes serán facilitados por el Ministerio de Educación Nacional.

i) Organizar Comedores y Hogares del Estudiante, Albergues de Verano e Invierno, y cuantas instituciones tiendan a fomentar el espíritu de camaradería entre sus afiliados y a mejorar su preparación para la vida humana.”

Si bien, este sindicato lejos de establecerse como el instrumento de transmisión y subordinación que el régimen requería para el control de la juventud chocaría, sobre todo a partir de los años 50, con una generación nueva, que al darse cuenta de las funciones doctrinarias de dicho sindicato constituiría el germen de un sindicato paralelo (Sindicato Democrático), controlado íntegramente por estudiantes y que participó activamente en acciones contra la dominación académica y social generada por la dictadura (Carrillo-Linares, 2006).

Resulta fundamental resaltar el papel que según los trabajos consultados (Fouce, 2003 y Carrillo-Linares, 2006) tendrían las organizaciones juveniles, sobre todo durante las décadas de los 60 y 70, nacidas de las inquietudes de estudiantes que buscaban una salida democrática al régimen dictatorial.

“El aire de modernidad social y de refresco mental penetró, más que por ningún sitio, por la aulas universitarias, a veces incluso contra la moral de muchos de los partidos de la oposición, lo que nos alude a que el proceso iba más allá de lo puramente político” (Carrillo-Linares 2006).

A este respecto estos estudios sobre la participación estudiantil de finales de la dictadura y sobre todo durante la transición política, dejan claro el papel movilizador del liderazgo estudiantil de la época, formando una pieza clave de la transición democrática del Estado.

Tal y como señala Carrillo-Linares (2006):

“El régimen siempre temió mucho más la protesta obrera pero, en cierta medida, perdió de vista los efectos destructivos del otro movimiento, que fue mucho más corrosivo, del entramado profundo sobre el que se construye una sociedad”.

El período de transición dejó paso a una nueva organización estatal, basada en los principios democráticos heredados del estado de bienestar y que imponía nuevas formas de participación desde los movimientos estudiantiles. Pero, con anterioridad a la llegada de la democracia la puesta en marcha de la Ley general de Educación de 1970, promulgada durante el final de la dictadura y que representó un intento de aplacar a los sectores críticos del régimen, incluyó la ampliación de la participación en los procesos y órganos de toma de decisiones, una de las reivindicaciones de los movimientos de renovación pedagógica y sobre todo de aquellos profesores que no gozaban de una seguridad funcionarial en el sistema, los llamados profesores no numerarios (PNN). El papel de estos profesores no numerarios tras la promulgación de la LGE y su integración total en el sistema funcionarial, generaría un cambio con terribles consecuencias para la movilización estudiantil (Rodríguez López, 2003).

Así por ejemplo los estatutos de 1970 de la Universidad de Granada recogen la participación de una representación de estudiantes en distintos órganos colegiados. Tanto en su artículo 27 sobre la composicíón del claustro, del que formarían parte “seis estudiantes por facultad o escuela técnica superior, que hayan aprobado el primer año de sus estudios” y “un estudiante por Escuela universitaria”. Como en el artículo 35 sobre la composición de la junta de gobierno, de la que formarían parte “en representación de cada Facultad o Escuela Técnica Superior, un estudiante que haya aprobado los dos primeros años de estudios”.

El movimiento estudiantil y la participación dentro de la universidad se regulaba ahora mediante la elección de representantes en los distintos órganos de gobierno. Esta medida a la vez que garantizaba una representación de estudiantes en aquellos órganos en los que se tomaban las decisiones, generaba nuevas incógnitas en cuanto a la capacidad de negociación, movilización y presión del sector estudiantil que además había perdido en las reformas educativas de los años 70 y 80 a sus aliados en las presiones de los años 60, aquellos profesores y profesoras que no gozaban de plaza fija en el sistema eduativo.

La nueva situación tendría un pulso decisivo en la aprobación de la Ley universitaria de 1986, que generó la primera manifestación estudiantil de la recién estrenada democracia en el ámbito estatal, marcada principalmente por abolir la selectividad y que si bien no consiguió su fin último, reflejó una capacidad de convocatoria superior con respecto a la movilización generada por otros sectores (Fouce, 2003).

Desde la década de los noventa la representación de estudiantes en los distintos órganos colegiados ha ido aumentando, pero eso ha supuesto para muchos, una pérdida de la capacidad de movilización del estudiantado para defender sus derechos. Por otro lado, la mayoría de trabajos sobre representación estudiantil y sobre la incidencia de la participación de estudiantes en la política universitaria destacan la poca implicación del sector, valiéndose sobre todo de las referencias obtenidas en cuanto al porcentaje de votantes registrados en los distintos procesos electorales, así como al número de candidatas y candidatos postulados para la representación.

Sin embargo, como señala Fouce (2003):

“El frecuente uso que suele hacerse de esta comparación intergeneracional [entre transición y actualidad] para descalificar a los jóvenes de hoy y sus movimientos no parece tener mucho sentido y parece responder, más bien, a una serie de intereses particulares que se centran en bloquear a las nuevas generaciones y sus impulsos renovadores y transformadores. ”

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