De la improductividad de mi amor

Llevaba meses cerca, le había visto varias veces mientras volvía de sus horas de sociedad, quién sabe, quizás también de esas horas que le aportan la inspiración necesaria para llenar sus papeles de letras y palabras, de sentimientos, de recuerdos imborrables.

Su mirada siempre trasladaba la profundidad de una vida ocupada en mil quehaceres, la sensibilidad de quien en su amor se sintió amado por alguien. El encuentro quizás no fue el más propicio para lo que posteriormente se desencadenó. Una tubería rota, una reunión de personas que discuten tratando de ponerse de acuerdo sobre el eterno tesoro de nuestra existencia, el dinero.

Él no opinaba, solo sabía que era su hora de desayunar, que estaban alterando el tranquilo ritmo de su ordenada vida: su café en el bar, su paseo entre la gente del barrio, sus momentos a solas junto a quien fue el amor de su vida…

La situación se volvía irónica cuando, mientras el resto de las personas allí presentes discutían sobre el derrame para subsanar el problema y el lugar desde el cual acceder a dicha tubería (ya se sabe el destrozo que causa un arreglo de este tipo), la persona afectada, ese hombre al que acababan de robarle su tiempo y su tranquilidad, solo quería que le dejasen hacer su vida:

– La culpa es de aquel que hizo obras hace unos años…

– Yo no toqué aquella tubería eso debe ser de cuando se arregló…

– Pues que lo pague la comunidad, porque eso no viene de mi casa.

– Si no es de la comunidad no se puede pagar así, además tendrán que abrir por aquí porque…

– Yo, solo digo que si hay que romper por algún sitio que sea por mi casa, que no quiero que a mis vecinas le toquen sus paredes que las tienen muy bonitas.

Aquella persona, que llevaba meses aguantando humedad y goteras, no exigía la más mínima responsabilidad a nadie, no quería buscar culpables, solo quería resolver el problema y para eso ofrecía incluso el sacrificio de su tranquilidad.

Mientras el resto de las personas allí presentes continuaban sus discusiones, mientras que casi ignoraban a quien, para mí, era la mente más coherente de la reunión, él decidió dirigirme unas palabras, quizás porque al igual que le estaba pasando a mi querido amigo, yo no entendía porque era necesario darle tantas vueltas a algo que tenía una solución tan fácil como la ofrecida en sus palabras.

Me preguntó por aquella muchacha que se encontró un día en su puerta y que le dirigió “una  alegre mirada, una sonrisa sincera, unas palabras de cariño”, me recitó aquella poesía que a aquella chica le había dedicado y que no me atrevo a reproducir, porque jamás tendrán mis palabras el sentimiento de sus letras recitadas con su voz.

Mientras todo el mundo ocupaba el lugar de la, ahora sí, afortunada avería, me invitaba a pasar a su salón. Un libro de Quevedo sobre la mesa; dos libros más amontonados junto a un puñado de papeles, escritos a máquina y descoloridos por el tiempo, cogidos con un clic; estanterías de cuadernos y libros; trofeos, de aquellas carreras ganadas cuando las piernas aún llegaban antes que sus pensamientos a los lugares soñados.

Me mostró una foto del amor de su vida, y como nos pasa a quienes no olvidamos fácilmente a las personas que un día nos hicieron permanecer despiertos durante noches de risas, sueños y confesiones, comenzó a contarme su bonito encuentro, aquel día en que él y ella descubrieron que sentían algo más que amor el uno por el otro. Y en ese momento sacó uno de esos montoncitos de papeles y clics:

– Le estoy escribiendo un libro [a ella]…

Comenzó a leer la introducción, mientras, dos lágrimas seguían recorriendo su cara al recordar aquel amor que jamás se marchará de su corazón, pero como en las mejores tragedias de Shakespeare o en los peores designios de la realidad capitalista en la que nos ha tocado vivir, el dinero acabó con todo. Sin permiso, sin sentimientos, sin el más mínimo respeto por la historia de una vida llena de amor, sin la más mínima intención de sentir un gramo de empatía, el dinero, la avería y el dinero, acabaron con todo.

La interrupción vino sin un “perdón…”, sin un “disculpad…”, fue seca y directa, tal cual es la economía de mercado y las relaciones capitalistas que inundan cada uno de nuestros encuentros. Relaciones basadas en la balanza coste-beneficio, en las que de poco o nada sirve escuchar lo que dices, lo que escribes, si nada va a aportar a mi crecimiento profesional, económico, de clase.

¿Cuántas personas nos cruzamos en nuestra vida? ¿De cuántas personas hemos dejado de disfrutar por las imposiciones del correr para llegar antes? ¿Es tiempo perdido el tiempo que inviertes en escuchar, en ayudar, en sentir lo que otras personas sienten? ¿es tiempo improductivo?

No, no al menos para mí. Así que si nada lo impide os seguiré contando las íntimas historias de mis improductivos tiempos muertos.

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