Es necesario que cambiemos nosotros mismos

Me he metido en tantos líos en los últimos años que sería imposible resumirlos en un simple post. Cuando hablo de líos me refiero a aquellas iniciativas o proyectos a los que miro ahora con más escepticismo que esperanza y de los que, en la medida en que creo en ellos, siempre esperé que fueran un punto de partida de algo mucho más grande.

Durante las últimas semanas he tenido el tiempo suficiente para reflexionar sobre todos esos proyectos que emprendidos con ilusión se han ido quedando rezagados, amontonados entre folios, cuadernos y conversaciones inolvidables.

En cada uno de esas iniciativas he conocido y he tenido la suerte de compartir mi tiempo con personas a las que considero extraordinarias en todos los ámbitos de la vida, creo en ellas por lo que son, por como son. Y a veces, aún hoy que comienzo a sentir la necesidad de levantar la bandera blanca y confesar que todo aquello no eran más que quimeras construidas sin cimientos, descubro    sorprendido que por más que intente alejarme no podré jamás dejar de preocuparme y resistirme a que el paso del tiempo deje morir lentamente las ilusiones de unas/os locos/as que quisieron cambiar las cosas o al menos poner su granito de arena para hacer surgir nuevas ideas.

No hace mucho terminaba de leer el libro de Gramsci que un compañero de ilusiones y amigo me dejó. Casualmente en los momentos en que continuaba dándole vueltas a todas esas decisiones por tomar, me encontraba en uno de los capítulos con esta reflexión que define palabra por palabra ese estado en el que me encuentro con la vista en el horizonte y los pies sobre la tierra:

“Hablo con compañeros, con amigos, con personas afines. De todos oigo algo diferente. Han surgido nuevas necesidades, y se estimula el pensamiento. La realidad del entorno se ve ahora bajo nuevos puntos de vista. Todos están inquietos, y en todos hay un tumulto de intenciones vagas e inciertas que se expresan en términos generales, que no consiguen solidificarse.

¿Por qué ocultarlo? Yo también participo de esta inquietud, de esta incertidumbre. Trato de refrenar los estímulos, de no dejarme sumergir por la ola de impresiones nuevas que llaman al umbral de la conciencia y quieren ser aceptadas, y quieren ser examinadas…

Las publicaciones nuevas, las nuevas revistas, no me importan, no me pueden dar ninguna de las satisfacciones que yo busco. Cosa que, por lo demás, no es una razón para desesperarse. Debo buscar las satisfacciones en mí mismo, en lo más íntimo de mi conciencia, donde sólo puedan componerse todas las disidencias, todas las turbaciones suscitadas por los estímulos externos. Estos libros no son para mí nada más que estímulos, oportunidades para pensar, para indagar en mí mismolas razones profundas de mi ser, de mi participación en la vida del mundo…

Los errores que que se hayan podido cometer, el mal que no se ha podido evitar, no se deben a fórmulas o a programas. El error, el mal, estaba en nosotros, estaba en nuestro diletantismo, en la ligereza de nuestra vida… Las fórmulas, los programas eran externos, eran inanimados para muchos; no los vivían con intensidad, con fervor, no vibraban en cada acto de nuestra vida, en cada momento de nuestro pensamiento. Cambiar las fórmulas no significa nada. Es necesario que cambiemos nosotros mismos, que cambie el método de nuestra acción… Somos revolucionarios en la acción, mientras somos reformistas en el pensamiento: obramos bien y razonamos mal. Avanzamos por intuición, en lugar de por razonamiento; y esto conduce a una inestabilidad continua, a una permanente insatisfacción: somos temperamentos más que caracteres…”*

* Fragmento de la carta de Hace falta que cambiemos nosotros mismos escrita el 24 de noviembre de 1917 por Antonio Gramsci (En Gramsci, A. Odio a los indiferentes, 88-92).

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