Cada día…

Cada día, casi siempre a la misma hora se preguntaba que tendría de especial aquella chica, la que sostenía un lápiz y un cuaderno mientras levantaba la vista. Aquella que sentada en un pequeño muro navegaba entre paisajes dejando volar sus sueños y pesadillas.

Casi siempre como cada día, su mirada, la de ella, dejaba que él hiciera volar su imaginación a un momento indefinido, solo para poder cogerla de la mano, solo para que ese instante y esa mirada fueran más que un simple cruce de caminos.

Cada día, casi siempre a la misma altura en que el sol iluminaba aquel pedacito de piedra en el que un buen día decidió posar sus tardes de escritura y fantasía, su mirada, la de él, se clavaba en su pensamiento, convirtiendo aquel instante en una rutina interminable.

Cada día, como si fuese el presagio de algo por suceder, ella apartaba la mirada, clavada en cada trazo de cada letra escrita en aquel viejo cuaderno, para verle pasar en bicicleta.

No entendía el porqué de aquella mirada. Ya estaba acostumbrada a los desaires de quienes van y vienen casi despreciando a quien decide probar suerte con otra forma de vida pero, aquel chico… ¡qué se joda! no hago más que vender arte, mi arte.

Cada día del mes tenía su frase adjudicada. Casi todas las tardes de primavera ese pequeño espacio de pared de aquel cruce de viandantes lucía frases y cuentos, poesías y canciones que iluminaban el sobrio caminar de quienes por allí pasaban. Casí todas las tardes aquel señor mayor se llevaba 3 de frases y una historieta.

Cada día de cada mes, recorría el mismo camino, paraba apenas 5 minutos para esperar aquel encuentro que le reportaba unas ligeras ganancias a un anciano ya sumido en el derrumbe económico de su pobre paga mensual.

Han pasado 3 meses, ya no hay miradas que se cruzan. Sus tardes, las de ella, pasan lentamente entre el ir y venir de personas. Su mirada aún se aparta del papel cuando el sol ilumina ese pedacito de piedra en el que un buen día decidió posar sus pensamientos, pero ya no encuentra aquella bici, ni hay mirada que interrogue su escritura. No hay anciano que le compre sus historias, ni monedas que recompensen su trabajo.

Anuncios

Debes haber iniciado sesión para comentar.

A %d blogueros les gusta esto: