Vuelvo a la cárcel

“Quien espera en la pura espera
vive un tiempo de espera vacío.
Por esto, mientras te espero,
trabajaré los campos y 
conversaré con los hombres.
Sudará mi cuerpo, que el sol quemará;
mis manos se llenarán de callos;
mis pies aprenderán el misterio de los caminos;
mis oídos oirán más;
mis ojos verán lo que nates no vieron;
mientras te espero.
No te esperaré en la pura espera
porque mi tiempo de espera es un
tiempo de quehacer.
Desconfiaré de quienes me digan,
en voz baja y precavidos:
Es peligroso hacer.
Es peligroso hablar.
Es peligroso andar.
Es peligroso esperar, en la forma en que esperas,
porque esos niegan la alegría de tu llegada.
Desconfiaré también de quienes vengan a decirme,
con palabras fáciles, que ya llegaste,
porque ésos, al anunciarte ingenuamente,
antes te denuncian.
Estaré preparando tu llegada
como el jardinero prepara el jardín
para la rosa que se abrirá en la primavera.”
(Fragmento de canción obvia de Paulo Freire, 1971)

Sí. He vuelto a ser un visitante más de ese lugar que tantas personas temen, tantas como personas desconocen las historias que allí se producen.

Hace unos 8 meses comencé gracias a la Asociación PIDES y al colectivo de La Mano Verde un crecimiento personal y profesional que no podría haber imaginado cuando acepté el reto de acompañar mis lecturas con las palabras de otras personas. Aquel primer día comencé un pequeño diario en el que escribía:

“La entrada al módulo acompañado de Carlos produce la sensación de estar entrando en un mundo diferente, algo alejado de la realidad en la que normalmente estoy inmerso educativamente hablando, para adentrarme en otros modos de vida, en otro espacio distinto a lo conocido, con tiempos indeterminados y con mucho por recorrer por mi mismo a la hora de conocer y familiarizarme con quienes estén dispuestos a compartir un rato de charla, lecturas y trabajo conjunto”.

Me acordaba entonces de otros momentos en los que parte de mi práctica profesional se desarrollo en los mejores palacios y hoteles de cuatro estrellas. Cuando hoy volvía a estar acompañado por ellos, sentado tras aquellos muros, compartiendo lecturas, charlas, construyendo nuestro propio conocimiento, recordando los textos leídos y escuchando lo sucedido en el tiempo que estuve ausente, aquellas sensaciones volvieron a ocupar mi mente.

Todo es frío. Los muros, las puertas, aquella sala que poco a poco y gracias al trabajo de muchas personas se va llenando de libros y estanterías. Todo es frío, excepto el calor desprendido por el recuerdo de cada persona. Ha sido mucho el tiempo que he estado esperando volver a hacer, volver a compartir estos momentos en los que el tiempo pierde su razón de ser. Tiempo que emprendí en otros quehaceres porque yo, como Freire, no se vivir en la pura espera.

Y ahora todo comienza de nuevo, o mejor dicho, ahora todo continúa el camino emprendido, con objetivos, con libros, con textos, con risas, con llantos. Ante una realidad que cada día pisotea nuestros sueños, algunas personas nos empeñamos en seguir soñando, y mientras esperamos su llegada, vamos haciendo, vamos caminando.

Los sueños llegan de día tanto como de noche. Y ambos tipos de sueños están motivados por deseos que pretenden satisfacer. Pero los sueños diurnos difieren de los nocturnos; pues el “yo” que sueña despierto persiste en todo momento, consciente, privadamente, concibiendo las circunstancias e imágenes de una deseada vida mejor. El contenido del sueño diurno no es, como el del nocturno, un viaje de vuelta a las experiencias repremidas y su asociación. Se centra, en la medida de lo posible, en un viaje hacia delante sin restricciones, de modo que, en lugar de reconstruir lo que ya no es consciente, se pueden traer a la vida y al mundo, fantaseando, las imágenes de lo que todavía no es” (Bloch 1970: 86).

Nube en jaula by Nfeli777 http://www.flickr.com/photos/nfelicite/

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