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La capacidad camaleónica del sistema capitalista (Desigualdad, educación y políticas neoliberales, 2ª parte)

“El Establishment es un camaleón, que evoluciona y se adapta según dictan las necesidades. Y, sin embargo, una cosa que distingue al Establishment actual de sus encarnaciones anteriores es su triunfalismo. Antaño los poderosos afrontaban amenazas importantes que los mantenían a raya. Sin embargo, da la impresión de que los oponentes de nuestro Establishment actual han dejado de existir de forma organizada o significativa. Los políticos se ajustan en su gran mayoría a un guión parecido; a los antaño poderosos sindicatos, hoy se los trata como si carecieran de sitio legítimo en la vida política o incluso pública. Y los economistas y académicos que rechazan la ideología del Establishment han sido en gran medida expulsados de la comunidad intelectual”

(Jones, 2015, 25)

No existen alternativas al dinero cuando tanto el sistema económico capitalista en general como la economía en tanto ciencia, se sitúan en el centro de nuestra construcción como sociedad, convirtiéndose en la moneda de cambio con la que condicionamos la vida, nuestras relaciones y la salud de nuestros recursos naturales.

La crisis sistémica que se ha vivido desde el hundimiento de Wall Street en 2008 y su posterior proliferación mundial llevó a muchos a pensar que había llegado “el fin del neoliberalismo” (Antenas y Vivas, 2012). Pero, más allá de esto, lo que parecía iba a ser el final del sistema capitalista neoliberal o al menos la restructuración del mismo bajo concepciones más humanas, fue un punto de inflexión que ha servido para justificar decisiones políticas basadas en la desregulación, el aumento de los impuestos a las clases trabajadoras, la privatización de los servicios públicos, la desregulación laboral y la bajada de salarios (Cobo, 2011).

El crack económico de 2008 se extendió por todo el mundo -aún hoy continuamos sufriendo las consecuencias de las decisiones tomadas para paliarlo- alcanzando a todos los países en mayor o menor medida a través del entramado económico creado por los mercados financieros (Stiglitz, 2009). Pero, esta crisis ha servido, sobre todo, como catapulta de lanzamiento para introducir en Europa las políticas que tanto el FMI como el BM han venido desarrollando durante los años 80 y 90 en los países de la periferia, contribuyendo, como ya denunció a principios de este siglo Joseph Stiglitz, a la creciente miseria y la hambruna en estos países, agravando las crisis financieras que atravesaban diversas economías asiáticas, forzando el cierre de fábricas y privatizando servicios públicos como la educación y la sanidad, en definitiva, alargando la sombra de las colonizaciones capitalistas producidas desde hace al menos dos siglos atrás y convirtiéndose en el nuevo motor de la colonización económica capitalista (Ziegler, 2002; Stiglitz, 2009).

Desde el estallido de la burbuja económica los organismos supranacionales y los gobiernos de estado –estos últimos como focos directos en los que la ciudadanía ponía sus deseos de salir de la crisis que estaban experimentando- tuvieron claro que había que hacer algo, era necesario intervenir para evitar que la crisis arrasara con lo conseguido en los años de bonanza económica. Las soluciones, pensando en las necesidades de la población podían parecernos claras, incluso obvias. Si la pérdida de empleos iba a incidir limitando la capacidad de sobrevivir de miles de personas, estaba claro que contribuir a la creación de empleo se convertía en una prioridad, como también lo era garantizar la supervivencia de una ciudadanía activa y evitar que las desigualdades y la brecha entre ricos y pobres acabara destruyendo a las clases medias y subsumiendo a las clases trabajadoras a la más inconcebible de las miserias.

Pero, en una sorprendente maniobra digna del mejor escapista, en un primer momento los gobiernos –incluido el gobierno español- y posteriormente el propio Banco Central Europeo decidieron que rescatar a la banca, aún a costa de ahogar, aún más, a las clases trabajadoras de una ciudadanía que ya venía pagando una crisis que no había provocado, era más importante que aportar el dinero suficiente para potenciar una inversión pública y la creación de empleo que hiciera revertir la situación. Como en su momento diría el economista Joseph Stiglitz “con la enorme cantidad de dinero público que ha recibido la banca privada, podrían haberse establecido bancas públicas que hubieran garantizado la disponibilidad de crédito.” (Navarro, 2011).

Viñeta de Eneko las Heras (@EnekoHumor)

Viñeta de Eneko las Heras (@EnekoHumor)

Las políticas de recortes y privatización se convertían en la solución mágica diseñada por los políticos neoliberales, una solución que pasaba por instaurar un régimen de austeridad económica en inversión y empleo público que ha terminado por provocar un estancamiento y un escaso crecimiento económico (Navarro, 2016), acrecentado los procesos de desigualdad y exclusión social.

To de continued…


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