Aquella noche

Había perdido la conciencia del tiempo que llevaba escuchando su voz. Miraba sus labios, el sonido de sus palabras se convertían en la melodía de sus canciones favoritas.

– Mira la luna. Dijo él.

El silencio inundó la habitación. Él seguía mirando su cara. Y ella dirigió su mirada a la vigilante presencia de aquel astro.

En su mente se agolpaban las ideas, los temas por conversar, pero también las dudas sobre qué hacer.

La conversación dejó paso al cansancio, pero nadie quería cama, o quizás, nadie queria una cama vacía.

– ¡Está amaneciendo!. Y los dos vieron iluminarse el horizonte.

– Me voy.
– Es muy tarde, puedes quedarte en mi sofá.
– No insistas, me quedaré.

Miró una vez más sus labios, sus ojos brillaban como nunca antes en la noche. Acercó su cara y ella correspondió. Sintió el dulce latir de su pecho, el salvaje arder de su boca y hundieron sus palabras en sus labios, sus miradas en sus cuerpos y sus miedos en…

Nadie durmió a solas aquella noche.

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