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Crisis social e institucional y educación: cuando más educación no equivale a mejor empleo

 “La educación es un campo de lucha y de compromiso. También actúa para representar luchas de carácter más general en torno a lo que deben hacer nuestras instituciones, a quienes deben servir y quienes deben tomar estas decisiones. Y, sin embargo, en sí misma es una de las principales áreas donde se definen los recursos, el poder y la ideología en relación con la política, la financiación, el currículo, la pedagogía y la evaluación. Por lo tanto, la educación es a la vez causa y efecto, es determinante y está determinada”

(Apple, 2002, 52)

Como ya he señalado en entradas anteriores (desigualdad social como caballo de troya de la reacción capitalista, desigualdad, educación y políticas neoliberales; la capacidad camaleónica del sistema capitalista) la globalización no es un proceso nuevo ni que afecte únicamente al ámbito de la economía. El concepto de globalización es polisémico, pero además su alcance como proceso se encuentra atravesado por un componente ideológico (Jones, 2015; Fernández Rodriguez, 2015; De Sousa Santos, 2011; Cobo, 2011). Este componente ideológico forma parte del ataque sistemático al que se están viendo enfrentadas las instituciones educativas en las últimas décadas. Amparadas en las pruebas de calificación y evaluación, en los discursos sobre la calidad y en la desregulación y privatización constante de los sistemas educativos, entre otras cosas, la globalización neoliberal ha diseñado una hoja de ruta para hacer tambalear los cimientos de las instituciones educativas heredadas de la modernidad, haciendo difícil la lucha por modelos alternativos que prioricen lo social, la igualdad y la justicia y limitando paulatinamente el acceso a la educación a las clases menos privilegiadas.

Las fuerzas neoliberales, los anhelos neoconservadores y la nueva clase media directiva y profesional se han dado la mano en lo que Michael Apple ha venido en denominar la nueva triple alianza hegemónica (2002).

Las reformas educativas llevadas a cabo desde la reestructuración global de los sistemas educativos mundiales han instaurado el régimen de la estandarización en el punto de mira de la política educativa, poniendo en marcha sistemas de medición externos que tratan de homogeneizar los conocimientos que tiene que adquirir cualquier estudiante en cualquier parte del mundo, una estandarización que pretende instaurar la construcción de una educación basada casi exclusivamente en la tiranía cuantitativa de la medición de resultados (Saura y Luengo Navas, 2015).

Estamos de nuevo ante la reducción del poder de los propios Estados para decidir sobre la deriva de sus sistemas educativos, supeditando sus decisiones a las recomendaciones y designios dictados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), una organización internacional que se ha erigido como guía en la puesta en marcha de la “educación del futuro”, siendo el Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (Informe PISA) la herramienta de comparación utilizada para medir el rendimiento de los distintos sistemas educativos (Saura y Luengo Navas, 2015).

En España la aprobación de la LOMCE (Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa) supone un fiel reflejo de la plasmación de esa triple alianza hegemónica de la que hablamos en párrafos anteriores. La creación y difusión de un discurso generalizado de bajo rendimiento y ejemplificado a través de los resultados en las evaluaciones PISA, el movimiento neoconservador –incluyendo a la jerarquía eclesiástica- llama a una vuelta a los exámenes del pasado, a la recuperación de los conocimientos “verdaderos” y a la tradición, a un currículo normalizado y estandarizado nacionalmente, al fin de la diversidad lingüística fundada en el miedo al otro, a lo desconocido; por su parte el a la neoliberal apela a la reducción del gasto educativo, a la protección a las escuelas concertadas y la inversión masiva en las mismas, y a la liberación, privatización y desregulación en materia educativa; por último, esa nueva clase dirigente que aspira a no perder estatus social, esa clase que en otros ámbitos de la vida puede moverse en entornos más liberales y de apoyo a corrientes de izquierda, apela a una eficaz gestión y al establecimiento de niveles más elevados en educación para evitar que sus propias hijas e hijos tengan que sufrir niveles de competición elevados por parte de otras niñas y niños (Apple, 2002). La reproducción de las desigualdades sociales se estructura así como una realidad impuesta no solo por las dinámicas de poder emergentes desde las propias instituciones, sino además, y sobre todo a golpe de legislación.

En el ámbito de la Educación Superior el conflicto dibujado para los niveles educativos inferiores se ve además acrecentado por la constante demanda de una formación que garantice la mano de obra que el sistema-mundo capitalista necesita para poder seguir poniendo en marcha los flujos económicos esperados.

En unas instituciones inmersas en el mercado global y amenazadas por el fantasma de la privatización “el conocimiento humanístico y los valores universitarios están siendo extirpados, mientras la Educación Superior se vuelve crecientemente corporativa.” (Giroux, 2008, 130).

En España, el informe “Universidad 2000” o “informe Bricall” financiado por una parte de las grandes empresas españolas y elaborado por la Conferencia de rectores de las Universidades Españolas (CRUE), llegaba a la conclusión a principios de siglo de que la inadaptación de la Universidad española se había agudizado en los últimos años del siglo anterior. Se habría así la puerta a las transformaciones que estarían por llegar y que venían preparándose años atrás para implementar el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). La competitividad a través de los procesos de evaluación y acreditación, la externalización de servicios, la flexibilidad laboral y organizativa y la transferencia de conocimiento comenzaban a estar en el vocabulario común de nuestra cultura científica.

Lo que se decía debía preparar a las universitarias y universitarios del futuro para el cambio social, cultural y científico no era sino la primera piedra del proceso de privatización y desregulación de la Educación Superior, un ataque directo a la democracia universitaria y a la institución pública universitaria.

La presión hacia la internacionalización de nuestras instituciones públicas de Educación Superior, una internacionalización que pasa por presionar hacia una movilidad forzada si se quiere seguir manteniendo el puesto de trabajo o ascender en la escala de valoración académica; la integración de las nuevas tecnologías, con la puesta en practica de los cursos masivos on-line llamados a sustituir el modelo educativo universitario tal y como lo conocemos; las presiones de las agencias de evaluación sobre el profesorado para elevar la cantidad y la “calidad” de sus artículos científicos, o mejor dicho para poder sobrevivir en un ambiente que se torna cada día más salvaje y competitivo; la aparición de “nuevos proveedores de servicio”, entidades privadas, locales o del mercado global que con el objeto de ganar beneficios económicos ofrecen servicios de educación superior con el punto de mira puesto en los beneficios (Fernández Rodríguez, 2009).

Se impone un nuevo imperativo moral que rige las vidas de quienes se atreven a superar las barreras de entrada hacia el mundo universitario “publicar o morir” (Giroux, 2008) un imperativo que a diferencia de lo que sucede en EE.UU. en España aún no ha sido sustituido por la nueva corriente de “privatizar o morir”, aunque el recorrido sea paralelo.

La calidad se convierte en un nuevo caballo de batalla al que plantar cara, “la atracción hacia la excelencia promovida por los ejecutivos de la universidad actualmente funciona como un logotipo corporativo, motivando a la eficiencia mientras despoja al pensamiento crítico de cualquier sustancia política e intelectual.” (Giroux, 2008, 130).

A todo esto se unen las dinámicas de poder propias de una institución heredada de la modernidad. En estas dinámicas de poder es donde se dan cita los conflictos en torno a lo que Fernández Rodríguez (2009) denomina “geopolítica del conocimiento académico”. Conservadores, conservadores críticos, radicales y modernizadores pugnan por delimitar el camino a seguir en el desarrollo ideológico de la institución universitaria. Las posiciones frente al poder político y social y frente al poder académico dibujan el mapa ideológico del enfrentamiento en una institución en la que la desigualdad en materia de género también se convierte en un terreno de lucha para las mujeres (Ballarín, 2015).

Desde el prisma del sector estudiantil, bajo el discurso de la teoría del capital humano y ante una realidad social donde el trabajo deja de estar garantizado las y los estudiantes buscan seguir formándose acumulando credenciales a la espera de una oportunidad para integrarse en un mundo laboral donde el trabajo deja de estar garantizado por el nivel de educación. “La conmoción que ha supuesto el fenómeno, nuevo y en rápido ascenso, de los graduados sin empleo, o de los graduados que tienen empleos muy por debajo de las expectativas generadas por sus títulos (expectativas consideradas legítimas), es un golpe muy doloroso” (Bauman, 2013, 79).

Al aumento gradual de las tasas universitarias y a la crisis económica social que afrontan muchas familias se une la reducción de las cuantías de becas universitarias, que generan que muchas de las universitarias y universitarios que se matriculan en un año en la universidad tengan que abandonar la carrera por la imposibilidad de hacer frente al pago de los precios públicos[1]. Se configura un sistema educativo accesible solo para quienes tienen la posibilidad de pagarlo o quienes ceden a las reglas del mercado competiendo por encima de cualquier cosa por alcanzar el objetivo, y la selección se agudiza conforme ascendemos en el nivel de credenciales.

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[1] Desde 2013 el abandono en las carreras universitarias por no poder hacer frente al pago de matrículas ha crecido constantemente. Se pueden consultar varios artículos de prensa sobre el tema en los siguientes enlaces:

http://www.eldiario.es/sociedad/numero-universitarios-desciende-perdidas-publica_0_287321508.html

http://web.eldia.es/canarias/2015-11-01/4-Casi-alumnos-abandonan-ULL-motivos-economicos.htm

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/06/17/actualidad/1371499455_460313.html

 


La lucha por permanecer en el mercado de trabajo (Desigualdad, educación y políticas neoliberales IV)

“El terror a perder el puesto de trabajo suprime cualquier tentación de defenderse”

(Jones, 2013, 69)

Nos encontramos ante una evolución de los procesos de desigualdad y de distanciamiento entre clases sociales que viene producido por la fragmentación del trabajador que lucha por convertirse en la mercancía deseada por el mercado de trabajo (Barrigüete, 2005) para poder sobrevivir aunque para ello tenga que “flexibilizar” o lo que es lo mismo renunciar a sus expectativas aceptando condiciones cada vez más miserables.

Los recientes datos del Informe sobre empleo y protección social realizado por la Fundación FOESSA (2015) indican que el deterioro en las rentas más bajas no tiene precedentes en los últimos 40 años, unido a esto la rotación en los puestos de trabajo se confirma como medida generalizada, una medida que incide en la inseguridad laboral de quienes consiguen alcanzar el disputado premio de un contrato de trabajo. Parafraseando a Bauman (2013) podríamos decir que en esta sociedad construida para transferir las presiones económicas y sociales hacia abajo, a quienes sufren los procesos de exclusión siempre les puede quedar la esperanza de que le toque la lotería de un trabajo.

Pero, tal y como nos transmite Barrigüete (2005) no debemos caer en el reduccionismo de confundir trabajo y empleo, ya que estaríamos sentando las bases para desenfocar el verdadero problema, que es más el reparto del producto social y la creación de las condiciones políticas para ello que el reparto del trabajo. Por estas razones no se puede decir que el trabajo sea un bien escaso.”

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By Forges

En la sociedad actual el trabajo queda subordinado a los caprichos del capital, siendo este el principal motor de creación de empleo cuando en realidad no debiera ser más que un producto generado por el propio trabajo (Barrigüete, 2005). Las políticas neoliberales aprovechan el debilitamiento progresivo de los sindicatos, antaño firmes defensores de los derechos de las trabajadoras y trabajadores, para imponer las dinámicas laborales soñadas por los ideólogos del liberalismo (Antenas y Vivas, 2012; Jones, 2013).

La idea inoculada a la clase obrera de que no deberían estar ahí, la contaste ridiculización de la vida de las clases trabajadoras estigmatizando y acusando a dicha clase social de ser un lastre para la sociedad, unida al eterno discurso vociferado por los voceros del neoliberalismo de que todo el mundo al margen de las circunstancias puede salir de ahí si se lo propone, han terminado instaurando la convicción de que la clase obrera es una simple etapa de paso, una condición de la que hay que escapar a toda costa, pasando incluso por encima de la propia clase. Pero lo cierto es que detrás del discurso la realidad muestra que solo un escaso número de afortunadas personas acceden a esa movilidad de clase que se nos quiere vender (Jones, 2013).

Los avances tecnológicos abren el camino a las empresas para poder deshacerse de un buen número de trabajadores al mismo tiempo que presiona a los que quedan para que se adapten a las nuevos tiempos tecnológicos, la deslocalización empresarial y apertura de nuevos mercado a través de la libre circulación de empresas presiona a la clase trabajadora para aceptar salarios más bajos (Barrigüete, 2005) y condiciones laborales que violan todos los acuerdos del contrato social de la modernidad. En palabras de Boaventura de Sousa Santos pasamos“del pre- al post-contractualismo sin transitar por el contractualismo”[1] (2011, 22).

Mientras tanto la maquinaria neoliberal a través de las políticas de empleo comienza a poner en marcha el rodillo de destrucción de todo lo que pueda recordar a aquellos años de lucha social donde trabajadoras y trabajadores, sindicatos y movimientos políticos de izquierda hacían frente a los designios del capital, “los trabajos bien pagados, seguros y cualificados de los que la gente estaba orgullosa, que habían sido el eje de la identidad de la clase obrera, fueron erradicados. Todas las cosas que la gente asociaba a la clase trabajadora fueron desapareciendo” (Jones, 2013, 73). Ahora sí, ya todos podíamos decir que éramos de clase media. Y si aún no lo éramos teníamos que buscar la forma de acceder a ella. La necesidad de identificación con el discurso dominante, la necesidad de sentirnos parte de, de ser parte de esa ciudadanía incluida en el contrato social ha marcado el camino a seguir.

Los inmigrantes son señalados y construidos como parte del problema laboral. Los discursos de la derecha mediática y política hacen mella en la autoestima de una clase obrera que lejos de señalar hacia arriba para buscar a los causantes de su situación de pobreza mira hacia sus iguales, hacia esos grupos aspirantes a conseguir la ciudadanía prometida desde el discurso dominante, para verlos como competidoras y competidores directos en su afán de conseguir “el sueño prometido” (Jones, 2013)

Las mujeres acceden al mundo laboral construidas como trabajadoras “genéricas”[2] a través del renovado pacto entre el capitalismo y el patriarcado (Cobo, 2011). La mujer flexible se ve abocada a la doble lucha de conseguir y/o mantener un puesto de trabajo remunerado mientras lucha porque se reconozcan sus derechos a poder elegir libremente y a que se reconfiguren las relaciones que construyen el trabajo de los cuidados como un deber exclusivo de las mujeres.

De esta forma, mujeres e inmigrantes representan el grueso que ha venido a sustituir en este sistema-mundo capitalista neoliberal al difuminado proletariado de siglos pasados, conformando lo que Saskia Sassen denomina como “clases de servidumbre” (Cobo, 2011).

El llamado a la especialización; la pérdida constante de valor en las credenciales educativas; la pérdida de fuentes de trabajo de un día para otro, casi sin dejar tiempo para reaccionar; la presión económica, que empuja a una movilidad forzada, sustituyendo la linealidad de un puesto laboral para toda la vida; y la fragmentación de las relaciones que antaño nos insuflaban seguridad (Bauman, 2005), han terminado destruyendo los lazos de apoyo que mantenían el equilibrio de fuerzas en el campo de batalla, dejando vía libre al austericidio[3] y las políticas privatizadoras y de desregulación laboral.

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[1] Según lo presenta De Sousa Santos “el post-contractualismo es el proceso mediante el cual grupos e intereses sociales hasta ahora incluidos en el contrato social quedan excluidos del mismo, sin perspectivas de poder regresar a su seno… El pre-contractualismo consiste, por su parte, en impedir el acceso a la ciudadanía a grupos sociales anteriormente considerados candidatso a la ciudadanía y que tenían expectativas fundadas de poder acceder a ella” (2011, 21).

[2] El concepto de trabajadoras “genéricas” acuñado por Celia Amorós hace referencia a una construcción de las mujeres como trabajadoras flexibles, capaces de adaptarse a horarios y situaciones distintas y de aceptar las condiciones de sobreexplotación rechazadas por otras (Cobo, 2011).

[3] Con esta palabra se ha venido denominando a aquellas actuaciones arbitrarias que, con la excusa de construirse como imprescindibles, se ponen en marcha asfixiando las posibilidades de desarrollo de los sectores más pobres y vulnerables de la población.


La desigualdad social como caballo de Troya de la reacción capitalista

“Lo cierto es que cabe decir que nos encontramos en un mundo post-foucaultiano (lo cual revela, retrospectivamente lo muy organizado que era ese mundo anarquista de Foucault)”

(De Sousa Santos, 2011, 16)

La sociedad actual se ha desarrollado bajo el paraguas de la modernidad, una modernidad que basaba su legitimidad en los poderes atribuidos al Estado a través del contrato social. Dicho contrato social quedaba conformado desde unos criterios de inclusión a los que también correspondían antagónicamente una serie de criterios de exclusión. Así el contrato social quedaba restringido única y exclusivamente a los individuos y sus asociaciones, excluyendo de esta forma a la naturaleza; por otro lado solo los ciudadanos son considerados parte del contrato social, lo que excluye a mujeres, migrantes, minorías étnicas, etc.; para terminar solo los intereses que se expresan en el ámbito de la sociedad civil forman parte del contrato, quedando excluidos los espacios domésticos, los intereses personales y la intimidad (De Sousa Santos, 2011).

Viñeta de Mafalda by Quino

Viñeta de Mafalda by Quino

Sin embargo, en una sociedad fragmentada y polarizada social, política, económica y culturalmente los criterios establecidos bajo el contrato social entran en crisis, reelaborando los significados de aquellos valores heredados de la modernidad y la Ilustración y conformando una base estructural en la que los procesos de exclusión se sitúan por encima de los de inclusión. De esta forma parte de la ciudadanía que hasta ahora se encontraban formando parte de ese contrato social queda excluida del mismo, al mismo tiempo que se impide el acceso a este a esa conjunto de grupos que podían tener la esperanza de adquirirla (De Sousa Santos, 2011).

Pero la crisis del contrato social se encuentra inevitablemente unida a la crisis del otro gran contrato heredado de la Modernidad, el contrato sexual. Las instituciones que regulaban la sexualidad y los pactos entre mujeres y hombres están siendo socavadas, uno de los pilares básicos de la familia patriarcal, aquel que consagraba al hombre como proveedor económico de la familia mientras que limitaba a las mujeres al papel de amas de casa, se ha quebrado. Las mujeres, gracias a años de lucha y reivindicación alcanzan poco a poco nuevos puestos en el mercado laboral y escalan –a un ritmo más lento del que sería deseable- puestos en la escala de decisión política (Cobo, 2011).

Unida a esta crisis contractual y fragmentación social nos encontramos con el establecimiento de unas relaciones sociales que han perdido las referencias de aquellos vínculos inquebrantables, seguros y duraderos de las que la dotaba la modernidad, adentrándose cada vez más en una modernidad líquida que se caracteriza por la fragilidad de las relaciones interpersonales; el miedo a lo desconocido, al otro construido como diferente y ajeno a la propia persona; la flexibilidad y la movilidad forzadas, que conllevan consecuencias no solo a nivel personal, sino a nivel profesional y de empleo (Bauman, 2005). Se trata en definitiva de la transferencia de los conflictos y problemas sociales sobre los individuos haciendo que emergan actitudes antisociales que buscan resistir a la presión de la deriva social (Touraine, 2009).

La realidad se conforma así desde un caldo de cultivo que camina en paralelo a la aparición de un fascismo societal, donde los excluidos son segregados en las propias ciudades que habitan, construyendo un modelo de Estado centrado en el control y la represión en las “zonas excluidas” mientras actúa amparado en el discurso de la protección en las zonas “civilizadas”, todo bajo la estrecha vigilancia de los aparatos para-estatales que no dudan en usurpar el control social del Estado, ya sea neutralizándolo o suplantándolo (De Sousa Santos, 2011).

Viñeta de "El Roto"

Viñeta de “El Roto”

En medio de todo este terremoto global, la divinización del “homo económicus” y el “homo consumens” (Bauman, 2005) acaparan el centro civilizatorio, conformando una realidad social que se rige por los dictados de una sociedad de consumo donde “se tratan todas las cosas -incluidos los hombres- como comestibles…[que] no hace ninguna diferencia entre una manzana y un niño, porque tiene hambre para comerse a los dos.” (Alba Rico, 2003, 8-9).

Todo se compra y todo se vende. Las relaciones se conforman en torno al precio que somos capaces de pagar para mantenerlas, liberados de ataduras sociales nos lanzamos en los brazos del consumo voraz alimentado por la infatigable búsqueda por parte de los mercaderes de nuevos y atractivos productos para vender. “Para los consumidores imperfectos, estos <<no poseedores>> contemporáneos, no comprar es el irritante estigma de una vida no realizada, una vida de vacío que no es buena para nada. Significa no sólo la ausencia de placer, sino también la ausencia de dignidad humana” (Bauman, 2013, 100).

Viñeta de "El roto"

Viñeta de “El roto”

En torno a estos procesos de pobreza y exclusión se produce un “silencio estructural” que oculta que “los efectos de la globalización económica sobre la vida de las mujeres han contribuido significativamente a la feminización de la pobreza o la segregación genérica del mercado laboral, entre otros fenómenos” (Cobo, 2011, 116).

Sin lugar a dudas, la mayoría del trabajo mal pagado termina en manos de las mujeres que al estar lastradas por las lignificadas raíces del “impuesto reproductivo” a través del cual se extrae “la plusvalía de dignidad genérica” se ven privadas de un acceso en igualdad de condiciones al ámbito laboral. Las políticas de recortes que genera la consecuente privatización de los servicios públicos, propicia el aumento del trabajo de los cuidados en manos de las mujeres, un trabajo que, como siempre que el Estado deja de asumir su papel en las políticas sociales, continúa invisibilizado en la sociedad. Niñas y mujeres se convierten así en el sector que más carga con las consecuencias de las políticas neoliberales de ajuste presupuestario (Cobo, 2011).

Por otro lado, el auge de los movimientos poblacionales, generados en amplia media por la globalización económica, dibujan además un contexto de acción muy distinto al que hace unos años nos enfrentábamos en nuestras ciudades. El propio crecimiento poblacional da lugar a identidades que reconstruyen el espacio público, en palabras de Bauman “Cuanto más grande y heterogénea es una ciudad, más atractivos puede contener y ofrecer.” (2003, 33). Sin embargo, en nuestro país, acostumbrados a una ficticia homogeneidad, solo sostenida por la invisibilización a la que fueron relegados los gitanos durante años, las migraciones plantean nuevos retos en lo que a la cultura se refiere, sobre todo en lo relacionado con la diversidad, la inclusión cultural y la educación (Terrén, 2007) en un modelo de ciudad que tradicionalmente se ha caracterizado por excluir más que por incluir a quienes no entraban en los cánones marcados.

Señalados como la causa de todos los problemas, los otros, los extranjeros construidos como extraños y no pertenecientes al territorio son el foco de las miradas de los políticos y los medios de la extrema derecha política, el dedo acusador de la derecha política les señala consiguiendo que desaparezca aquel discurso que vinculaba los problemas sociales con los errores y las injusticias cometidas por el sistema capitalista (Jones, 2013), haciendo emerger nuevos discursos racistas como medio de canalizar el descontento generalizado de una ciudadanía que busca desesperadamente salvarse sin tener que cambiar el modelo de vida al que la sociedad le ha acostumbrado.

Viñeta de Forges.

Viñeta de Forges.

Las ciudades contemporáneas se convierten así “en los campos de batalla donde coinciden los poderes mundiales y las obstinadas razones de ser de cada uno de sus habitantes; donde éstos chocan y combaten en busca de un acuerdo satisfactorio o mínimamente tolerable; un tipo de convivencia que se espera constituya una paz duradera”.(Bauman 2009, 25-26)


La capacidad camaleónica del sistema capitalista (Desigualdad, educación y políticas neoliberales, 2ª parte)

“El Establishment es un camaleón, que evoluciona y se adapta según dictan las necesidades. Y, sin embargo, una cosa que distingue al Establishment actual de sus encarnaciones anteriores es su triunfalismo. Antaño los poderosos afrontaban amenazas importantes que los mantenían a raya. Sin embargo, da la impresión de que los oponentes de nuestro Establishment actual han dejado de existir de forma organizada o significativa. Los políticos se ajustan en su gran mayoría a un guión parecido; a los antaño poderosos sindicatos, hoy se los trata como si carecieran de sitio legítimo en la vida política o incluso pública. Y los economistas y académicos que rechazan la ideología del Establishment han sido en gran medida expulsados de la comunidad intelectual”

(Jones, 2015, 25)

No existen alternativas al dinero cuando tanto el sistema económico capitalista en general como la economía en tanto ciencia, se sitúan en el centro de nuestra construcción como sociedad, convirtiéndose en la moneda de cambio con la que condicionamos la vida, nuestras relaciones y la salud de nuestros recursos naturales.

La crisis sistémica que se ha vivido desde el hundimiento de Wall Street en 2008 y su posterior proliferación mundial llevó a muchos a pensar que había llegado “el fin del neoliberalismo” (Antenas y Vivas, 2012). Pero, más allá de esto, lo que parecía iba a ser el final del sistema capitalista neoliberal o al menos la restructuración del mismo bajo concepciones más humanas, fue un punto de inflexión que ha servido para justificar decisiones políticas basadas en la desregulación, el aumento de los impuestos a las clases trabajadoras, la privatización de los servicios públicos, la desregulación laboral y la bajada de salarios (Cobo, 2011).

El crack económico de 2008 se extendió por todo el mundo -aún hoy continuamos sufriendo las consecuencias de las decisiones tomadas para paliarlo- alcanzando a todos los países en mayor o menor medida a través del entramado económico creado por los mercados financieros (Stiglitz, 2009). Pero, esta crisis ha servido, sobre todo, como catapulta de lanzamiento para introducir en Europa las políticas que tanto el FMI como el BM han venido desarrollando durante los años 80 y 90 en los países de la periferia, contribuyendo, como ya denunció a principios de este siglo Joseph Stiglitz, a la creciente miseria y la hambruna en estos países, agravando las crisis financieras que atravesaban diversas economías asiáticas, forzando el cierre de fábricas y privatizando servicios públicos como la educación y la sanidad, en definitiva, alargando la sombra de las colonizaciones capitalistas producidas desde hace al menos dos siglos atrás y convirtiéndose en el nuevo motor de la colonización económica capitalista (Ziegler, 2002; Stiglitz, 2009).

Desde el estallido de la burbuja económica los organismos supranacionales y los gobiernos de estado –estos últimos como focos directos en los que la ciudadanía ponía sus deseos de salir de la crisis que estaban experimentando- tuvieron claro que había que hacer algo, era necesario intervenir para evitar que la crisis arrasara con lo conseguido en los años de bonanza económica. Las soluciones, pensando en las necesidades de la población podían parecernos claras, incluso obvias. Si la pérdida de empleos iba a incidir limitando la capacidad de sobrevivir de miles de personas, estaba claro que contribuir a la creación de empleo se convertía en una prioridad, como también lo era garantizar la supervivencia de una ciudadanía activa y evitar que las desigualdades y la brecha entre ricos y pobres acabara destruyendo a las clases medias y subsumiendo a las clases trabajadoras a la más inconcebible de las miserias.

Pero, en una sorprendente maniobra digna del mejor escapista, en un primer momento los gobiernos –incluido el gobierno español- y posteriormente el propio Banco Central Europeo decidieron que rescatar a la banca, aún a costa de ahogar, aún más, a las clases trabajadoras de una ciudadanía que ya venía pagando una crisis que no había provocado, era más importante que aportar el dinero suficiente para potenciar una inversión pública y la creación de empleo que hiciera revertir la situación. Como en su momento diría el economista Joseph Stiglitz “con la enorme cantidad de dinero público que ha recibido la banca privada, podrían haberse establecido bancas públicas que hubieran garantizado la disponibilidad de crédito.” (Navarro, 2011).

Viñeta de Eneko las Heras (@EnekoHumor)

Viñeta de Eneko las Heras (@EnekoHumor)

Las políticas de recortes y privatización se convertían en la solución mágica diseñada por los políticos neoliberales, una solución que pasaba por instaurar un régimen de austeridad económica en inversión y empleo público que ha terminado por provocar un estancamiento y un escaso crecimiento económico (Navarro, 2016), acrecentado los procesos de desigualdad y exclusión social.

To de continued…


Rajoy y su… ¿pedagogía?

En el último mes del ya pasado 2014 me sorprendió escuchar en tantas ocasiones la palabra pedagogía. En una reunión del Partido Popular el pasado 16 de Diciembre, Mariano Rajoy pedía a sus diputados “hacer pedagogía”; El 26 de Diciembre en una rueda de prensa el señor Rajoy volvía a pedir que “hicieran pedagogía” para explicar donde está cada cual.

Hacer pedagogía. Cada vez que escucho esas palabras de boca de la clase política de nuestros país, y no son pocas las veces que las dicen, me pregunto a que se estarán refiriendo…

Soy uno de esos profesionales de la educación, uno de esos pedagogos, que piensa que la frase “hacer pedagogía” conlleva implícita ciertos significados:

Hacer pedagogía es escuchar, saber y aprender a escuchar a las y los demás. Escuchar para poder hablar, para aprender a hablar; escuchar para comprender y entender las situaciones, los miedos, las intenciones… Escuchar porque sin escuchar difícilmente podré hablar, porque para hablar y que te escuchen primero es necesario saber escuchar.

Pero, me pregunto cuando el gobierno actual, sus diputados, su presidente, escuchó por última vez a la ciudadanía. Ustedes no han escuchado ninguno de los gritos de auxilio que el pueblo ha intentado hacerles llegar, no escucharon las peticiones como no escucharon los sufrimientos. Rajoy no puede hacer pedagogía si su único afán es hablar sin escuchar, si sus mensajes no admiten preguntas y se transmiten por pantalla plana o ruedas de prensa cerradas. El PP no puede hacer pedagogía tapando la boca a la ciudadanía con una mordaza que limita las libertades y las opiniones.

Hacer pedagogía es crear situaciones en las que se produzca un aprendizaje consciente, un aprendizaje crítico, que genere preguntas a las que se puedan buscar respuestas en conjunto. Hacer pedagogía no es transferir a otra persona conocimientos e ideas propias para que las asuma como verdades inamovibles, sino propiciar que estas sean cuestionadas y reconstruidas a través de la pregunta.

Usted, señor Rajoy. Ustedes, señoras y señores del gobierno no hacen pedagogía, ustedes imponen ideas, transmiten discursos sin permitir que se es cuestione. Ustedes insultan a la justicia y a la ciudadanía siempre que les apetece sin admitir cualquier discurso o pregunta contraria a la agenda marcada, contraria al discurso dominante impuesto por los poderes hegemónicos. Por eso señoras y señores ustedes no hacen pedagogía.

Hacer pedagogía es ser humilde. Hacer pedagogía es admitir el error y ser consciente de que tenemos derecho a equivocarnos, a reconocer dicha equivocación, asumir responsabilidades y  subsanar dicho error. Pero sobre todo, hacer pedagogía es hacer gala de la humildad necesaria para reconocernos como seres que aprendemos de nuestros errores.

¿Cuándo fue la última vez que admitieron un error?¿Cuándo admitieron por última vez que sus reformas hunden en la miseria a su población, a la ciudadanía que dicen representar?. No. Ustedes no pueden hacer pedagogía sin reconocer sus errores, sin dejar de echar las culpas a los demás, sin ser humildes y asumir sus responsabilidades ante las devoluciones en caliente en Melilla, ante las personas desalojadas de sus casas, ante los suicidios desesperados por la perdida de toda esperanza, ante quienes fueron expulsados de su ciudad y de su país por la imposibilidad de encontrar un trabajo digno, ante quienes sufren los recortes en sanidad, ante quienes pierden sus derechos a ser atendidos como personas, ante quienes son explotados en sus trabajos, ante las niñas y niños que se acercan cada vez más a la pobreza.

Hacer pedagogía es educar con el ejemplo. Hacer pedagogía es partir de la conciencia de quién es uno mismo para construir un discurso acorde con lo que se practica. Hacer pedagogía es enseñar mediante la acción lo que se transmite con la palabra.

¿Cómo van a hacer pedagogía ustedes que mientras transmiten la austeridad viven en la opulencia de la subida de sueldos, de las tramas corruptas, de los favores a amigas y amigos? ¿Cómo pretenden hacer pedagogía si su ejemplo es el de un pequeño Nicolas, el de una juventud que olvidó el compañerismo, el esfuerzo y la humildad para cambiarla por el engaño, la imagen y el dinero fácil?

Pero, sobre todo y ante todo, hacer pedagogía es pensar que como dijo Paulo Freire “cambiar el mundo es tan difícil como posible”. Hacer pedagogía es saber que tenemos el derecho a transmitir la realidad que se vive, tenemos el derecho a conocer cómo y por qué estamos en la situación que estamos pero, sobre todo es saber y ser consciente que en la medida en que intervenimos en el mundo como personas, somos capaces de cambiar las situaciones de desigualdad, de odio, de apatía, de explotación y desesperanza que en él se dan.

Ustedes no transmiten esperanza, sino desesperanza. Ustedes transmiten esperanza a los mercados, a las clases dominantes, a quienes siempre han ostentado el poder. Mientras, a la ciudadanía, a quienes sufren las consecuencias de una crisis creada por el poder financiero la hipnotizan e inmovilizan con el discurso de la imposibilidad, con la sagrada aseveración de que “el mundo, las cosas son así y nada se puede hacer ante ello”. Pero, no es cierto y lo saben, el mundo no es así, el mundo se construye con la acción de cada persona sobre él, el mundo cambia porque somos muchas y muchos quienes queremos que las cosas cambien. Así que ustedes no hacen, ni pueden hacer pedagogía porque no esperan un cambio de rumbo hacia un mundo más humano, igualitario y justo, sino mantener unas relaciones de desigualdad, ampliar las diferencias entre personas y callar las voces que han despertado de su letargo.

No me gustaría terminar sin sugerir un cambio en su discurso, al menos en el uso que hacen de la palabra Pedagogía y de la frase hacer pedagogía. Hagan un favor, sustituyan esa frase y esa palabra por la verdad, por aquello que realmente pretenden hacer. Ustedes no quieren hace pedagogía, ustedes quieren “vender y comprar”:

Vender e imponer un discurso y unas ideas al margen de la realidad que sufre el país para comprar la sumisión de un pueblo entero.

Vender que hemos salido de la crisis para comprar el silencio de quienes aún la sufren.

Vender nuevas medidas y subvenciones sociales para comprar votos de cara a las elecciones que están por llegar mientras durante 3 años han acabado con el tejido social del país.

Vender que quienes se alejan del discurso dominante son radicales, antisistema o cualquier otra etiqueta impuesta de forma peyorativa mientras los verdaderos radicales antisistema han sido ustedes al destruir la educación, la investigación y la sanidad de este país.

Vender que solo ustedes llevan razón para comprar la razón y el pensamiento crítico que es lo que realmente hace evolucionar a una sociedad.


Gracias Wert, gracias señoras y señores del PP (artículo publicado en la revista 87grados)

Yo sabía que no me fallarían. Dos años aguantando a todo tipo de personas despotricar de las competencias educativas del actual gobierno y de su ministro de educación. Dos años soportando que critiquen cada decisión que toman para mejorar la calidad y la solidez de la educación de la juventud de este país. Pero, ya sabía yo que no me fallarían.

Yo soy uno de esos que cree hasta el final en la responsabilidad política de mis gobernantes, soy de los que piensan que para mejorar la educación tenemos que seleccionar a los mejores (el “las” me sobra, porque somos NOSOTROS “LOS mejores”). ¿Cómo pretendemos competir con los países más punteros si aquí andamos complicándonos la vida con la igualdad? Un paso tras otro en la dirección correcta, sí señores, eso es lo que tenemos que agradecer a nuestro preciado Ministro de Educación y su gobierno. Un paso serio y decidido hacia la competitividad.

Un paso que nos aleje de una vez por toda de la solidaridad, esa lacra social que hace que pensemos en el resto de las personas que nos rodean y que busquemos objetivos comunes y colectivos; un paso que se dirija hacia el orden económico de la eficiencia, que acabe de una vez por toda con todo atisbo de compañerismo y ñoñería en la que nos han metido.

Hacía falta poner en marcha una iniciativa como “educación para la fiscalidad”. Y hacía falta porque en este país sobran la ciudadanía, el compromiso, la ética y los valores; y falta mucha educación fiscal. Hacía falta porque hay que enseñarles a nuestras niñas y niños lo que significan los impuestos fiscales, para qué sirven los tributos que pagan a su “Estado soberano”.

Hace falta que nuestras maestras y maestros sean conscientes de la importancia de esta asignatura y de lo que significa estar comprometida/o, o ser un simple pelele de los decretos de sus gobiernos.

Porque no es lo mismo enseñar qué es y qué significa tener una cuenta bancaria, que enseñar qué armas, guerras y opresiones se financian con ese dinero depositado en manos de nuestros bancos; porque no es lo mismo enseñar la obligación de tributar nuestros impuestos como buenas ciudadanas y ciudadanos, que enseñar que esos impuestos financian los caprichos de una Iglesia, UNA, en un Estado laico; porque no es lo mismo enseñar los servicios públicos que se financian con esos impuestos, que la forma en que nuestro dinero se desvanece costeando monarquías, guerras y rescates bancarios, mientras nos privatizan la sanidad, la educación y los demás servicios públicos; Y es que, al fin y al cabo, es mejor enseñar a nuestras niñas y niños que deben ser responsables con su dinero, a enseñarles la realidad y decirles que les roban sus gobiernos. Los gobiernos que abusando de la confianza de sus votantes usurpan al pueblo soberano, y utilizan unas urnas para hacerse dueños del destino de su gente. No amigas y amigos del profesorado, no es lo mismo aplicar un temario dado, que ejercer como docente y construir nuestro temario.

Por eso quiero darle mi más sincera enhorabuena a este gobierno. Les doy las gracias y la enhorabuena, porque con cada decisión consiguen alimentar mis ansias de insumisión educativa, porque por más que eliminen asignaturas se olvidan que la ciudadanía no se encierra en las aulas, en los libros, ni en las líneas de un decreto. La ciudadanía está en la calle, reconstruyéndose, rehaciéndose a sí misma, preparando el golpe de efecto a la políticas neoliberales de su gobierno.


2013 será un nuevo año…

Termina un año más, un año que como todos los demás ha aportado nuevos cambios a la vida de muchas personas, cambios que para bien o para mal se encuentran ya en el camino, en el viaje que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida.

Sin duda quienes creen en las tradiciones desearan y pedirán una gran cantidad de cosas para el año que entra.  Yo por mi parte podría desear que todo este mundo cambiara y que entre todas y todos consigamos crear sociedades mucho más solidarias e igualitarias. Pero, no. No voy a desear nada de eso, porque este año solo se me ocurre pedir que tengáís salud, mucha salud. De hecho sería feliz si todas y cada una de las personas que conozco y aquellas que no conozco pero luchan por causas justas tuvieran una salud desbordante el próximo año.

Y es que, nos va a hacer mucha falta tener nuestra salud intacta para soportar el año próximo, pero sobre todo para no dejar de pelear por aquello que creemos.

Si de alguna forma queremos que el próximo año todo esto encuentre una alternativa social, crítica y justa desde la que construir una nueva forma de entender el mundo y las relaciones que en él se establecen, vamos a necesitar un cerebro bien amueblado. Un cerebro capaz de hacer surgir nuevas ideas y de generar la apertura mental suficiente para comprender las motivaciones y necesidades de quienes menos tienen.

Necesitaremos un par de ojos que nos dejen ver con claridad, unos ojos que construyan esa nueva mirada necesaria para ver las cosas de forma distinta.

Nos hara falta que nariz y oídos estén bien atentos para discernir las palabras embaucadoras y los malos olores de una política que ha perdido su razón de ser, que se ha alejado de la ciudadanía para atender a intereses particulares y corporativos, y que huele a podrido aunque venga bien perfumada.

Tendremos que ejercitar bien nuestros brazos y piernas, tendremos que tener unos brazos fuertes para poder levantarlos bien alto siempre que sea neceaario parar una injusticia y necesitaremos dotarnos de unas piernas que eviten que nos dobleguemos en la primera cuesta. Unas piernas que nos sirvan para seguir caminando en una senda que cada día nos descubre un nuevo obstáculo a superar.

Vamos a necesitar que nuestros pulmones estén en plena forma porque necesitaremos abarcar la máxima cantidad de aire posible para que nuestro grito se oiga en todas partes.

Necesitaremos un estomago listo para aguantar lo que nos echen; un par de riñones, porque quizás por más de una cosa tengamos que pagar un riñón; unos dientes sanos y fuertes, listos para morder la mano que nunca nos dio de comer, porque siempre fuimos nosotras/os quienes nos ganamos el pan; y un gran corazón, un corazón que bombee sangre a todas las partes del cuerpo. Un corazón que ponga en marcha una máquina de compromiso y solidaridad imparable. Un corazón que comience a derribar muros y levantar puentes. Puentes que unan corazones, que nos acerquen cada vez más a cada persona que nos rodea, y las que quedan lejos.

Pero, no os engañéis. Nada de esto podremos conseguirlo solos, ninguno de estos serán deseos que alguien se dedicará a cumplir por nosotros. Tendremos que seguir trabajando nosotros mismos, tendremos que seguir estando al lado de nuestras doctoras y doctores, defendiendo un sistema de salud público, universal y de calidad. Necesitaremos apoyar las mareas, las que marchan en la lucha y las que llegarán. Tendremos que creer en nuestras maestras y maestros, sin dejar de lado la crítica necesaria a un sistema que necesita construir nuevas formas de aprendizaje, pero necesitaremos creer que hubo, hay y habrá un profesorado consciente de lo que las niñas y niños de este mundo necesitan. Profesionales críticos y transformativos como decía Giroux.

2013 será un nuevo año, un año para seguir caminando, un año para seguir construyendo nuestro propio cubo de rubik, un año para seguir uniendo conciencias y compromisos. Será tu año, el año de quienes no se rinden ni se rendirán jamás. El año de quienes sin caer en el optimismo idílico que nos separa del suelo y nos sitúa lejos de la realidad, siguen trabajando con la esperanza de una utopía realizable y con la certeza de realizar pequeños cambios que se sumen al cambio global. Al fin y al cabo “cambiar el mundo es tan dificil como posible” (Paulo Freire).

Feliz fin de año, feliz 2013. Que la salud os colme de luchas.


Autonomía política, dignidad, coherencia y ética representativa

Sin duda ante un título de un post como el que figura en la cabecera de esta entrada cualquier persona podría esperar un ensayo profundo y trabajada sobre la ética política, quizás con citas y referencias a Aristóteles, Ortega y Gasset, Espinoza, Gramsci, Chomsky, etc. Quizás haya quien espera los resultados de una profunda investigación en torno al papel de nuestras/os representantes hoy en día, con referencias a la crisis de legitimación o a la perdida de reconocimiento en torno a nuestras instituciones, con alguna que otra referencia a la sociedad líquida de la que nos habla Bauman y como no con innumerables párrafos sobre la crisis económica actual y su extensión a los diferentes ámbitos de la vida.

Para todo eso quedan los innumerables artículos de periódicos y revistas que día a día se reproducen en los medios de comunicación actuales. No es este un sitio donde vaya a verter mis impresiones y opiniones sobre toda la actualidad política (al menos no ahora y seguro no en el mismo formato o forma en que se hace en otros sitios), me ha parecido mucho más pedagógico citar una experiencia real, una experiencia vivida y reflejada por uno de los grandes pedagogos del siglo pasado, Paulo Freire. No hay mucho que decir sobre la cita, o sí, eso lo dirá el debate que puedan producir las palabras del autor de Pedagogía del Oprimido:

“Cuando asumí la Secretaría de Educación en Sâo Paulo, una semana después recibí una llamada del Banco Mundial que estaba en negociaciones con varias instituciones del estado de Sâo Paulo… Me llamaron de Boston y fijamos una entrevista. Yo y mi equipo recibimos una delegación del Banco Mundial, hablamos, y el presidente de la delegación del banco dijo: “Mire, profesor, nosotros tenemos cincuenta millones de dólares para prestarles, para la Secretaría de Educación” y añadió: “Ahora bien, hay algunas condiciones, la primera es que usted también tenga cincuenta millones”. Y yo dije que muy bien. “La segunda” – continuó- “es que usted pase sus cincuenta millones a algunas organizaciones no gubernamentales” (pensad que algunas organizaciones no gubernamentales también despiertan interés entre los neoliberales), “que usted pase los cincuenta millones para las organizaciones no gubernamentales, ellas no pagan, pero usted nos paga”. “Terccero” – dijo- “nosotros prestamos el dinero para un determinado tipo de trabajo… para escuelas”. “Cuarto, que la mayoría de las educadoras que van a trabajar con las organizaciones no gubernamentales deben ser personas no diplomadas, no formadas”.

Yo dije: “¡Mire, ¿usted sabe que el 70% de las profesoras de la red municipal de Sâo Paulo tienen posgraduados y que del 30% restante, el 20% tienen una carrera universitaria y que el otro 10% restantes son diplomadas?! ¿Y usted me propone, ahora que estoy comprometido con un trabajo extraordinario, gigantesco, que cuesta millones de dólares ponerlo en práctica, para la formación permanente de estas personas, usted me propone esto ahora?”.

Después continué: “Mire, señor, esto no se propone ni siquiera para las zonas más pobres del noreste de Brasil, donde hay falta de formación de los docentes. Ahora bien, me gustaría hacer una pregunta. Vamos a suponer que usted me pida lo que yo no le he pedido: un préstamo. Pero vamos a suponer que usted me pida cinco mil dólares (este es mi límite) y me dé pruebas, me dé señales de que usted puede pagar. ¿Usted aceptaría que yo le dijera: “Muy bien, yo le presto cinco mil dólares, pero hay algunas condiciones, primero, con estos cinco mil dólares usted tiene que comprar mil shorts hechos en Sâo Paulo, doscientos de color azul, trescientos estampados… y también tiene que comprar dos mil corbatas hechas en Recife…””

Y así hice una lista de exigencias para prestar los cinco mil dólares y pregunté: “¿Usted aceptaría esto?” y el dijo que no. Entonces yo respondí: “¿Cómo piensa usted que yo, que ya estuve preso, que ya fui expulsado de mi país y que escribí un libro titulado “Pedagogía del Oprimido” pueda aceptar esto? ¿Usted piensa que yo no respeto a mi pueblo? No, mi respuesta es no… muchas gracias, yo no quiero su préstamo”. Y el dijo: “¿Cuál es la condición para que usted acepte?” yo dije que tenía dos condiciones: “La primera no pagar nunca de vuelta el préstamo, y la segunda, que yo haga lo que quiera sin dar explicaciones o enviar informes a nadie. Estas son las dos exigencias sin las cuales, muchas gracias, no quiero su dinero”.

Y él entonces preguntó: “¿Y si la alcaldesa Luiza Erundina acepta?” Yo respondí: “Mire no hay “sí” en este caso. ¿Sabe por qué Erundina me llamó para ser secretario? Porque sabía, antes de llamarme, que un día una propuesta como esta sería rechazada por mí. Fue por esto que ella me llamó, porque sabía que yo diría “no” a usted o a cualquier persona que haga este tipo de propuesta. Pero suponiendo que Erundina haya enloquecido y dijera que acepta, yo entregaría mi cargo al momento y daría una entrevista diciendo: Erundina está loca“. Y me levanté y él se fue para siempre con su equipo. Esto es lo que tenemos que hacer. Esta es la cara de dignidad que tenemos que asumir en nombre de nuestro pueblo y no solamente en nombre de nosotros mismos, individualmente. No sería yo si estuviera allí haciendo un discurso delicado…”

(Texto extraído de Pedagogía del compromiso de Paulo Freire, paginas 99-101)


Resucitando la esperanza en tiempos de oscuridad (H. Giroux)

Rescato unos párrafos de una lectura que hice hace ya un tiempo y su autos escribió hace mucho más tiempo. Creo que viene muy bien a estos momentos que vivimos.

” Mientras las leyes del mercado toman preeminencia sobre las leyes del estado como guardianas del bien público, el gobierno ayuda poco en la mediación comunicativa entre el avance del capital y sus rapaces intereses comerciales. Tampoco colabora con los intereses de las esferas no comerciales y de mercado que crean los espacios políticos, económicos y sociales y las condiciones de discurso vitales para una ciudadanía crítica y vida pública democrática. Dentro del discurso del neoliberalismo, se hace difícil para el ciudadano medio hablar de transformación o política, o incluso enfrentar, la creciente corrupción, la caída de los ingresos, la liquidación progresiva de la liquidación laboral, o la eliminación de beneficios para la gente que trabaja part- time.

El vocabulario democrático liberal de derechos, provisiones sociales, comunidad, responsabilidad social, salario digno, seguridad laboral, igualdad, y justicia parecen haber quedado fuera de lugar en un país donde la promesa de la democracia ha sido reemplazada por el casino capitalista, una filosofía de ganador toma todo, conveniente tanto para los jugadores de lotería como comerciantes. Mientras la cultura corporativista se extiende aún más profundo en las instituciones básicas de la sociedad política y civil, sostenida a diario por una cultura industrial en manos del capital concentrado, se refuerza con mayor fuerza por el temor e inseguridad públicos de que el futuro no contiene nada más que una versión aguada del presente. Cuando el discurso del neoliberalismo es el que prevalece delimitando el imaginario público, no hay vocabulario para el cambio social progresista, visones democráticamente inspiradas, o nociones críticas de agente social para expandir el significado y propósito de la vida pública democrática. Contra la realidad de salarios laborales bajos, la erosión de provisiones sociales de un creciente número de gente, y la expansión de la guerra contra la gente joven de color dentro y fuera de las fronteras a modo de construcción imperial , la fuerza destructora conducida por el Mercado por parte del neoliberalismo continua movilizando su interés en producir identidades de mercado y relaciones de mercado que últimamente cortan la relación entre la educación y el cambio social reduciéndolo a obligaciones de consumismo.

Al extenderse de modo aún más profundo la ideología neoliberal y la cultura corporativista en las instituciones básicas de la sociedad civil y políticas, hay una disminución simultánea en las esferas públicas no comerciales – tales como las escuelas públicas, librerías independientes, iglesias, estaciones de radio públicas no comerciales, sindicatos y instituciones voluntarias comprometidas en el diálogo, educación, y aprendizaje- que albergue la vida individual dentro de la pública y provea un vehículo robusto para la ciudadanía democrática y participativa. En el vació que deja la disminución democrática, el fanatismo religioso, chauvinismo cultural, discriminación y racismo se convierten en las tropas dominantes de los neoconservadores y otros grupos extremistas ansiosos por sacar ventaja de la creciente inseguridad, el miedo y la ansiedad que resulta del desempleo, la Guerra contra el terror, y las comunidades “desenredadas”.Como resultado del ataque corporativo consolidado sobre la vida pública, el mantenimiento de las esferas públicas democráticas desde las cuales lanzar una visión moral o para comprometerse en una lucha viable contra la política así establecida pierde toda credibilidad- por no mencionar apoyo económico.

 …Necesitamos un nuevo lenguaje para la política, para analizar dónde puede tomar lugar, y lo que significa movilizar alianzas de trabajadores, intelectuales, académicos, periodistas, grupos juveniles, y otros para reclamar, como el coronel West ha puesto correctamente como, esperanza en tiempos de oscuridad.”

(Henry A. Giroux)

Os dejo el enlace a la página donde podéis leer el texto completo:

http://www.henryagiroux.com/Neo&Demof%20Democ_Spanish.htm


Dicen que en una litrona…

La semana pasada tuve la enorme suerte de escuchar, sí escuchar, a la juventud hablar sin miedo y sin limites de ellos mismos. La experiencia me despertó un nuevo optimismo y sobre todo la certeza de que estamos acabando con las voces críticas desde nuestro propio sistema educativo.

No estaría mal que como ya hacen algún que otro profesor o profesora nos pararámos a escuchar lo que dicen nuestros jóvenes en lugar de intentar darles lecciones de historias no vividas.

Y como hoy la cosa ha comenzado con carnavales, no tengo más remedio que dejar esta letra que para mí es el mayor homenaje a una juventud a la que no paramos de culpar de los errores de sus adultos.

“Dicen que en una litrona emborrachan el presente,
que el humo de los canutos les dibuja otras quimeras.
Dicen que toman la noche, desvelando a los durmientes,
con la música rugiente, que se mean en las aceras,
que vomitan en las plazas, las tripas de sus estudios,
que desnudan sus amores, sin saber lo que es amar,
que envenenan sus lenguas, insultando a los mayores,
porque no tienen cojones de vivir ‘pa’ trabajar.

Mentira, sólo piden un futuro,
‘pa’ un montón de socialistas, populares y cuentistas,
que ‘na’ más les dan por culo.
Vergüenza, no recuerdan la vergüenza,
de una España de ‘paraos’, inmigrantes y ‘jubilaos’
que ya no levantan cabeza.

A las calles camaradas, por la revolución,
vamos a meterle miedo a un Gobierno ladrón.
Como el Mayo de las Flores, que se escuche la voz
de los jóvenes del mundo.

Mi botella, yo levanto mi botella,
y otra vez vuelvo a brindar
por vuestra dignidad,
compañeros de fatiga.
Ya lo dijo el propio Che:
“prefiero morir de pie
a vivir de rodillas”

(Antonio Martinez Ares)


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