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Las cárceles se arrastran…

Ayer se cumplian 75 años de la muerte de Miguel Hernández, poeta del pueblo y voz de los invisibles. Moría en la cárcel de Alicante, enfermo de tubercolosis. Ayer no tuve un solo minuto para poder sentarme a escribir unas palabras sobre esa persona que tanta letra dejó escrita. Y no quería dejar pasar un día más sin dedicar un pequeño fragmento   a esa persona que tantas lecciones nos fué dejando.

Es curioso, que tanto hayamos desechado la poesía, que no nos paremos a pensar cuantos poemas albergamos en un día.

Si despierto bien temprano y voy camino a trabajar “Por las calles voy dejando; algo que voy recogiendo:; pedazos de vida mía; venidos desde muy lejos” y aunque en poco mi trabajo, al del campo se pueda comparar, yo me acuerdo de esos “Jornaleros que habéis cobrado en plomo; sufrimientos, trabajos y dineros.; cuerpos de sometido y alto lomo: jornaleros.“. Así, siento que “tengo estos huesos hechos a las penas; y a las cavilaciones estas sienes; pena que vas, cavilación que vienes por pensar queEl mundo de los demás, no es el nuestro: no es el mío” y preguntarme “¿No cesará este rayo que me habita el corazón?.

Quisiera sentir, como el poeta, que “Vientos del pueblo me llevan,; vientos del pueblo me arrastran,; me esparcen el corazón; y me aventan la garganta.“, pero el día de trabajo es largo y al final de la jornada solo pienso que “después de haber cavado este barbecho,; me tomaré un descanso por la grama; y beberé del agua que en la rama; aumenta su frescura en mi provecho“.

Se hunde en mi pecho el compromiso y al sentarme a descansar, el silencio me trae el recuerdo de los días que un taller sirvió para recordar al poeta desaparecido. Recordarlo tras los muros de “las cárceles [que] se arrastran por la humedad del mundo…; buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,; lo absorven, se lo tragan“. ¿Qué mejor que una prisión para volver a recordar que tan solo “para la libertad siento más corazones; que arenas en mi pecho“?. ¿Qué mejor que una prisión para rendir un homenaje a aquel que no dudó, ni vaciló en pedir la libertad de un pueblo?: “Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.; Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.; Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:; no le atarás el alma.“, porque “¿Quién encierra una sonrisa?; ¿Quién amuralla una voz?“.

No se olvida mi memoria que, “Mis ojos sin tus ojos, no son ojos,; que son dos hormigueros solitarios,; y son mis manos sin las tuyas varios; intratables espinos a manojos“, que no estoy solo, que vamos junt@s, enfrentad@s a esas “tristes guerras…; tristes, tristes“, que van dejando un reguero de sangre, un sin fin de muertes y un pueblo llamando a los muros.

Mi refugio es esa “cantidad de mundos; que con los ojos abres,; que con los brazos cierras. La cantidad de mundos; que con los ojos cierras,; que con los brazos abres” porque, si algo nos pudo salvar fue que “Pasó el amor, la luna, entre nosotros; y devoró los cuerpos solitarios.; Y somos dos fantasmas que se buscan; y se encuentran lejanos“.

Y hoy, 75 años después de esa muerte, aún podemos preguntarnos, cómo olvida un pueblo a quien al pueblo escribe, como se borran los versos, las palabras, hasta caer en el exilio. Olvidamos los amantes cada estrofa dedicada, las historias de la cárcel, el compromiso con el hombre, con la lucha, con el sueño.

Hoy, 75 años después, “quiero escarbar la tierra con los dientes,; quiero apartar la tierra parte a parte; a dentelladas secas y calientes… que tenemos que hablar de muchas cosas,; compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández


Cada día…

Cada día, casi siempre a la misma hora se preguntaba que tendría de especial aquella chica, la que sostenía un lápiz y un cuaderno mientras levantaba la vista. Aquella que sentada en un pequeño muro navegaba entre paisajes dejando volar sus sueños y pesadillas.

Casi siempre como cada día, su mirada, la de ella, dejaba que él hiciera volar su imaginación a un momento indefinido, solo para poder cogerla de la mano, solo para que ese instante y esa mirada fueran más que un simple cruce de caminos.

Cada día, casi siempre a la misma altura en que el sol iluminaba aquel pedacito de piedra en el que un buen día decidió posar sus tardes de escritura y fantasía, su mirada, la de él, se clavaba en su pensamiento, convirtiendo aquel instante en una rutina interminable.

Cada día, como si fuese el presagio de algo por suceder, ella apartaba la mirada, clavada en cada trazo de cada letra escrita en aquel viejo cuaderno, para verle pasar en bicicleta.

No entendía el porqué de aquella mirada. Ya estaba acostumbrada a los desaires de quienes van y vienen casi despreciando a quien decide probar suerte con otra forma de vida pero, aquel chico… ¡qué se joda! no hago más que vender arte, mi arte.

Cada día del mes tenía su frase adjudicada. Casi todas las tardes de primavera ese pequeño espacio de pared de aquel cruce de viandantes lucía frases y cuentos, poesías y canciones que iluminaban el sobrio caminar de quienes por allí pasaban. Casí todas las tardes aquel señor mayor se llevaba 3 de frases y una historieta.

Cada día de cada mes, recorría el mismo camino, paraba apenas 5 minutos para esperar aquel encuentro que le reportaba unas ligeras ganancias a un anciano ya sumido en el derrumbe económico de su pobre paga mensual.

Han pasado 3 meses, ya no hay miradas que se cruzan. Sus tardes, las de ella, pasan lentamente entre el ir y venir de personas. Su mirada aún se aparta del papel cuando el sol ilumina ese pedacito de piedra en el que un buen día decidió posar sus pensamientos, pero ya no encuentra aquella bici, ni hay mirada que interrogue su escritura. No hay anciano que le compre sus historias, ni monedas que recompensen su trabajo.


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