El mueble

– ¡Es perfecto! Por fin podré hacer el mueble que necesito para colocar todos mis pequeños tesoros. – Llevaba meses buscando un tronco con las ramas y el tamaño adecuado para aquel mueble que soñó un buen día.

La pequeña Elia, estaba muy ilusionada con su descubrimiento. Aquel era un tronco enorme, con unas ramas preciosas, pensaba mientras imaginaba cómo había acabado un tronco tan grande tendido en el suelo del bosque. Quizás un luminoso rayo lo tumbó de un golpe, o quizás sucumbió tras una encarnizada lucha con fuertes vientos del Norte.

Fuera como fuere, se dispuso a cargar el enorme tronco hacia su casa, donde podría trabajarlo hasta moldear el mueble de sus sueños. Pero, aquel tronco era tan enorme que, con sus cortos brazos se sintió incapaz de rodearlo. Intentó mil maneras de agarrar aquel tronco con sus manos, pero todas fueron inútiles. Elia, terminó aquel día extenuada, derrotada por la inmensidad y la voluminosidad del tronco, y tuvo que volver a casa con las manos vacías. Aunque, lo que más lamentaba Elia era aquel miedo que la acechaba y le hacía preguntarse si el tronco seguiría allí al día siguiente y, sobre todo, si ella sería capaz de cargarlo hasta casa.

– ¡Qué hermosa mañana! – murmuró nada más levantarse. Hoy será un gran día, cargaré mi tronco hasta casa y podré por fin cumplir mi sueño.

Caminó hasta el lugar exacto donde se encontraba aquel inmenso tronco de árbol. No iba sola, el miedo a haber perdido su oportunidad le seguía de cerca… Allí estaba, justo en el mismo sitio que el día anterior. Elia caminó más rápido para acercarse a él. No os lo he dicho pero, esta vez Elia llevó algo consigo.

Una vez estuvo junto al tronco, Elia sacó una cuerda de su mochila. Era una cuerda enorme, una cuerda mágica, que crecía conforme iba saliendo de su mochila. Ató el árbol con la cuerda.

– Esta vez no te me resistes. ¡Te vienes conmigo!

Agarró la cuerda por una de sus puntas y comenzó a tirar con fuerza. Pero, aquel inmenso tronco apenas se movía en cada tirón de la pequeña. Exhausta, Elia soltó la cuerda. Había conseguido que el tronco avanzara apenas unos metros y la luz del día comenzaba a dejar paso a los sonidos y la oscuridad de la noche.

Volvío a casa bastante cansada, se sentía derrotada por aquel inmenso tronco. En ella se habían mezclado la impotencia y el deseo. El deseo de realizar su sueño y la impotencia de sentirse incapaz de lograrlo.

Volvió cada día junto al tronco, utilizó mil estrategías para arrastrarlo, pero cada vez le parecía más imposible.

Aquella mañana, se dirigía a realizar su último intento. Estaba convencida de que esta vez nada podría evitar que su preciado mueble llegara a ser una realidad. Había ideado un sistema para arrastrar el tronco: colocaría pequeños tubos de acero en el suelo, haciendo subir el tronco sobre estos y rodándolo hasta casa.

Todo fue sobre ruedas, nunca mejor dicho, Elia caminaba tirando de su tronco. Feliz. Pero, no contó con aquella subida. El suave desnivel de la pendiente hacía resbalar los tubos metálicos, acabando con el tronco en el suelo y tirando de Elia hacia abajo.

No desisitió. Hasta en 6 ocasiones volvió a montar el tronco sobre los tubos, inentando subir aquella cuesta. Pero, fue imposble.

Cansada, derrotada, desilusionada, Elia se sentó sobre el tronco a llorar. Pasó así un buen rato, hasta que el hermoso canto de un llamativo pájaro azul le hizo mirar hacia arriba. Quedó un buen  rato observando a aquel pájaro, que con paciencia seleccionaba pequeñas ramitas de los árboles, terminándo de arrancarlas y llevándolas a su vivienda, un hermoso nido que el pajarillo construía poco a poco, meticulosamente.

Le vinieron cientos de preguntas a la cabeza. Pero, sobre todo, le llegó una idea, una iluminación que le hizo volver a ilusionarse, volver a recuperar su sueño.

A la mañana siguiente, volvió al lugar donde había quedado el tronco. Esta vez no iba sola, cargaba consigo una pequeña sierra. Elia, había comprendido que en algunas ocasiones, para construir un gran sueño era necesario saber caminar con poca carga. Así, fue cortando las ramas que salían del tronco y deshaciendolo partes más pequeñas. Elia, tuvo al fin su sueño y pudo colocar todos sus pequeños tesoros en su precioso mueble.

 


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