Sociedad enferma o enfermedades en sociedad

“El individuo en red es <<la clase obrera sublimada>>. Si hay un agente colectivo de la historia que pueda pilotar la transición hacia algo que esté más allá del capitalismo, lo compondrían las personas jóvenes, conectadas y relativamente emancipadas. No son una clase, aunque el desplome del neoliberalismo los ha dejado en gran medida sin futuro. Sin embargo, si pudiéramos transplantarlos a un escenario alternativo de los años treinta, veríamos con claridad su potencial para generar una salida positiva”

(Mason, 2017: 202)

“Yo no vivo en Brasil. Para colmo, no he votado a Bolsonaro, lo que pasa en Venezuela poco me importa, en Andalucía lo que ha pasado es que la gente esta cansada, odio a la derecha y mantengo la esperanza de que mi trabajo y mi esfuerzo concluirá con un futuro de comodidad, viajes y buen estatus social.”

Puede sonar a pijo-progre de derechas o de izquierdas, incluso puede que quienes son de izquierdas, más de izquierdas que los de izquierdas, asemejen la frase con la socialdemocracia, con el socialismo actual, con los desarraigados, con quienes se han alejado de la clase obrera, de la clase social a la que pertenecen. Al fin y al cabo como dicen en la F.R.A.C. (Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz), #YoSoyMásComunistaQueTú, eso sí, Sin acritú.

Sin embargo, esa frase forma parte de lo que parece una deriva general que, directa o indirectamente, nos toca de lleno a quienes vivimos dentro del capitalismo actual.

El ascenso de la extrema derecha, fundado en el apoyo a movimientos populistas con líderes autoritarios, se asemeja cada día más a la escalera de tensiones y la reconfiguración política que se vivió en los años 20 y 30 del siglo XX.

Llamadme exagerao… pero ya os digo yo que la asignatura de historia del insti servía para algo más que para echar la siesta (Al margen de esto, Erich Fromm en el miedo a la libertad hace una clara descripción del sadomasoquismo en una sociedad rota).

Cuando el socialismo ha sido declarado inviable por el propio socialismo, cuando las alternativas de salir de la crisis pasan por una tecnología que nos atomiza y nos enfrenta, a la clase obrera (clases medias, las y los soñadores de clase media) no le ha quedado más remedio que volver la mirada atrás, para construir su identidad en torno a aquello que les quedaba y que podía reportarles cierto espacio de seguridad (Mason, 2017). Y lo que le quedaba era aquel “Padre fallido y añorado”, que mostraba la fuerza suficiente y tranquilizaba a través de la vuelta a la familia, el lugar, la etnia, la cultura, los valores y las opciones sexuales concebidas históricamente como tradicionales.

A principios de 2018, terminaba de leer un libro que sin duda dibuja una clara cartografía de lo que estamos viviendo en el plano social, político, cultural y económico en los últimos años. Centrándose en el ascenso de estos nuevos movimientos de extrema derecha y en especial como análisis a la llegada de Trump al poder, distintas autoras y autores exponen en “El gran retroceso” las claves o al menos los hilos de análisis a los que debemos poner atención para construir respuestas consistentes desde políticas y acciones de izquierda.

¿Qué ha pasado para que el ascenso de la derecha se haya fraguado con tanta facilidad en países con distinta organización, historia y construcción social? ¿Han fallado las izquierdas?¿Hay formas de responder al ascenso de la extrema derecha? ¿Por qué también en Andalucía?

Voy a intentar exponer algunas ideas con una mala interpretación personal, partiendo de la descomposición social actual, para intentar buscar esos nudos que puedan recomponer la psicosis en la que nos encontramos, además de contar con la ayuda de algunas lecturas realizadas.

Anhelos de seguridad

Nuestras sociedades actuales devienen periferia. Tal y como expresa Alba Rico “Todo es ya periferia. Y por eso todos se precipitan a delimitar y reforzar las fronteras” (2017, 20) .

La extensión de aquello que la teoría de los sistemas-mundo de Wallerstein conceptualizó como “periferias”, ha engullido las hasta ahora “estables” sociedades del bienestar. La inseguridad se convierte en un negocio más desde el que sacar rentabilidad económica.

Bajo esta realidad, los líderes del populismo de derechas apelan al sentimiento de inseguridad, como un cimiento más desde el que apuntalar el muro de la indiferencia. Las clases medias, hasta ahora representantes de las bondades del capitalismo de mercado, en su sagrada comunión con la socialdemocracia, han perdido la confianza en las medidas de regulación de los gobiernos.

En Europa, las últimas crisis económicas dibujan el impass perfecto, para el surgimiento de nuevas respuestas que satisfagan las necesidades de la población. El interrregno abierto con la última crisis global, abrió nuevas oportunidades para los movimientos críticos de izquierda, pero la fragmentación provocada por el solucionismo cortoplacista de las políticas europeas, también dejó abierta la puerta a los populismos de derecha.

Esta crisis global que se fragua en países del núcleo capitalista, pero se extiende a la periferia más próxima, desdibuja la máscara del capitalismo de sonrisas y colores, mostrando la verdadera cara del monstruo.

La lectura que de esta realidad hacen los nuevos movimientos de extrema derecha, pasa por volver a poner de actualidad los conflictos basados en la identidad. Incapaces de controlar la economía de su país, todos prometen la purificación de la cultura nacional como camino al poder mundial (Appadurai, 2017). Es lo que todos propugnan como “El gobierno de las mayorías”.

En este registro, la extrema derecha, o si queremos simplificarlo, la derecha ha leído perfectamente la necesidad de seguridad, realizada desde las clases que han visto peligrar sus posibilidades de tener una vida futura plena de tranquilidad. La construcción de discursos vacíos, que responden desde un lenguaje visceral pero directo, la alusión a una protección en la que nos repiten constantemente <<tú no tienes que preocuparte de nada, porque yo estoy aquí para protegerte de tus miedos>>, prepara el terreno para un fuerte apego a los viejos valores del fascismo y el populismo de derechas.

Cuando los anclajes que mantienen a la clase obrera con la mirada puesta en la esperanza de un futuro firme, basado en la seguridad del presente, se desmoronan; cuando no encontramos el sinthome mantenga la sujeción del nudo, todo se viene abajo, dando paso al estallido de la personalidad psicótica, de una sociedad enferma, capaz de llevar a cabo cualquier acción, idea o propuesta que satisfaga las necesidades primarias cohibidas durante años. El miedo a la libertad, nos ata a las promesas fáciles nacidas del odio al otro desconocido (Mason, 2017).

Ante la incapacidad para enfrentar los retos de la libertad, volvemos nuestra mirada hacia la cultura del líder. Ante la imposibilidad de disponer de tiempos para la participación social y la creación de comunidad, preferimos al guía ordenado, que nos permita continuar disfrutando de nuestras pulsiones de consumo desenfrenado.

Nos situamos, como diría Fromm en “el miedo a la libertad” (1980), en una relación de simbiosis sadomasoquista, en la que ambos, gobernantes y gobernados encontramos el placer en la seguridad, aún a costa de perder nuestra libertad.

Continuará…

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