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Desigualdad, educación y políticas neoliberales. Parte 1: Reorganizando el mundo.

* Esta es la primera de una serie de entradas en las que ir exponiendo el desarrollo de algunas ideas que enlazan las políticas actuales con los procesos de desigualdad social y laboral, así como con la creciente estandarización de las politicas educativas.

Viñeta de FORGES

Viñeta de FORGES

“Cuando el consenso neoliberal habla de estabilidad se refiere a la estabilidad en las expectativas de los mercados y de las inversiones, nunca a la de las expectativas de las personas. De hecho, la estabilidad de los primeros sólo se consigue a costa de la inestabilidad de los segundos”

(De Sousa Santos, 2011, 26)

En una sociedad envuelta en cambios continuados propios de ese mundo líquido que nos dibuja (Bauman, 2005; 2013) la crisis económica mundial de 2008 hizo aparición en la escena política internacional y en la sociedad en general, una crisis que iba mucho más allá del aspecto económico, convirtiéndose en una crisis institucional, social, medioambiental, política y ética, una crisis que abarcaba además al modelo de democracia imperante hasta la actualidad, acrecentando la crisis de un modelo, el sistema capitalista neoliberal.

Nacida a finales de los años 40 en el transcurso de un reunión en la pequeña aldea de Mont Pélerin en Suiza, la ideología liberal de Von Hayek y las ideas que plasmó en su libro “Camino de servidumbre”, iban a representar la semilla de un concepto de sociedad y organización económico-política que se extendería por todo el planeta, en parte debido al agotamiento de los movimientos sociales de izquierda y del movimiento obrero en los años 60 y 70 del siglo pasado, pero también gracias a una estrategia diseñada para desacreditar cualquier idea que proviniese de una concepción más social del Estado. Una ofensiva diseñada para ser inoculada al sistema no desde la lucha en las calles a las que en aquellas décadas de los 60 y 70 nos tenían acostumbradas las movilizaciones, sino desde el ámbito intelectual y a través think tanks diseñados para propagar sus ideas aprovechando la irrupción de los medios de comunicación y el declive de la socialdemocracia (Jones, 2015).

Se trataba así de una contraofensiva diseñada desde los círculos ideológicos para ir adentrándose en todas las capas del sistema, haciendo patente la afirmación de que “el neoliberalismo es un arma de conquista. Anuncia un fatalismo económico contra el cual toda resistencia parece vana. El neoliberalismo es como el sida, destruye el sistema inmunitario de sus víctimas” (Bourdieu citado por Ziegler, 2002, 64).

Una ofensiva que avanzaría de forma triunfal durante los gobiernos de Thatcher, en Reino Unido y Reegan, en Estados Unidos durante los años 80. Gobiernos que facilitaron la puesta en práctica de las políticas más ofensivas y neoliberales ensayadas por Friedman y los “Chicago Boys” en Chile durante la dictadura de Pinochet.

La caída del muro de Berlín en 1989 y el desplome de la URSS a finales de los 80 y principios de los 90 facilitarían lo que John Williamson denominó como “El Consenso de Washington” (Ziegler, 2002) y que se concretaba en los siguientes principios:

“1. En cada país deudor, es preciso poner en marcha una reforma fiscal basada en dos criterios: a) disminución de la carga tributaria que grava las rentas más altas, con el objetivo último de incentivar a los ricos para que efectúen inversiones productivas, y b) ampliar la base de los contribuyentes; dicho de forma más clara, la supresión de las exenciones fiscales que benefician a los más pobres para incrementar el volumen del impuesto.

  1. Liberalización, tan rápida y completa como sea posible, de los mercados financieros .
  2. Garantizar la igualdad en el trato dispensado a las inversiones autóctonas y a las extranjeras con la finalidad de aumentar la seguridad y, así el volumen de las inversiones extranjeras.
  3. Desmantelamiento, tanto como sea posible hacerlo, del sector público, privatizando de forma especial todas las empresas cuyo propietario sea el Estado o una entidad paraestatal.
  4. Desregulación máxima de la economía del país para garantizar el libre juego de la competencia entre las diferentes fuerzas económicas presentes.
  5. Intensificar la protección de la propiedad privada.
  6. Fomento de la liberalización de los intercambios a un ritmo lo más sostenido posible, teniendo como objetivo mínimo la reducción en un 10% anual de los aranceles aduaneros.
  7. Dado que el libre comercio progresa por medio de las exportaciones, es preciso, como prioridad, favorecer el desarrollo de aquellos sectores económicos que son capaces de exportar bienes.
  8. Limitación del déficit presupuestario.
  9. Creación de la transparencia del mercado: los subsidios estatales a los operadores privados deben ser.”

(Ziegler, 2002, 62-63)

El germen de una nueva organización mundial estaba creciendo al amparo de los nuevos ideólogos del liberalismo económico e impulsada por un “Establishment”, una nueva casta política y económica (Jones, 2015) que se situaba en las más altas cotas de poder de los distintos países basando sus relaciones en la lucha por un objetivo común, la reducción del Estado y del sector público a su mínima expresión mediante la desregulación y la privatización de los servicios.

En un clima como el que se dibuja, en abril de 1994 los ministros del GATT (General Agreement on Tariffs and Trade) firman en Marruecos el principio de acuerdo para la puesta en marcha de la Organización Mundial del Comercio (OMC), organismo supraestatal que se encargaría de la liberalización de la circulación de mercancías y capitales (Ziegler, 2002).

La OMC se sumaba así a las organizaciones nacidas de los pactos de Bretton-Woods en 1944, el Banco Mundial (BC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) que junto al Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) promovido por los países de la OCDE e impulsado por la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos (EE.UU.) constituiría la más salvaje expresión de un sistema-mundo capitalista que crecía amparado en la impunidad del “fascismo financiero” (De Sousa Santos, 2011).

Bancos, entidades financieras y grandes corporaciones han ido aumentando gradualmente su poder en el ámbito político en el transcurso de las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. Las decisiones políticas y económicas dejaban de estar en manos exclusivamente de los Estados-Nación para pasar a manos de las entidades supranacionales que contribuirían a la gradual desregulación y privatización económica mundial (Alba Rico, 2003; Cobo, 2011; De Sousa Santos, 2011; Ziegler, 2002).

Fue este proceso de globalización promovida y sostenida por los poderes financieros la que “comportó así una creciente crisis de la democracia parlamentaria liberal, que se ha exacerbado, intensificado y acelerado con el crack económico de 2008” (Antenas y Vivas, 2012, 17).

Pero, no debemos olvidar, tal y como nos recuerda Fernández Rodríguez (2015) que este fenómeno globalizador no se limita única y exclusivamente al ámbito económico y político, sino que engloba toda una lógica de un sistema-mundo capitalista que se articula en torno a tres dimensiones: la económica, a través de un sistema de mercado integrado mundialmente; la política, centrada en estados soberanos conectados desde organismos interestatales; y la cultural o “geocultural”¹ que dota de coherencia y legitimidad todo el proyecto. Dimensiones que se han concretado en fracturas a nivel ideológico, geopolítico, cultural, sociológico y subjetivo (Fernández Rodríguez, 2015).


1. Tal y como lo describe Immanuel Wallerstein, esta geopolítica hace referencia a las “normas y modos discursivos generalmente aceptados como legítimos dentro de sistema-mundo” (2005, 116).

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2012, para que todo cambie…

Cambia lo superficial,

cambia también lo profundo
cambia el modo de pensar
cambia todo en este mundo…

cambia todo cambia…

cambia el sol en su carrera
cuando la noche subsiste
cambia la planta y se viste
de verde la primavera

cambia el pelaje la fiera
cambia el cabello el anciano
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño
pero, no cambia mi amor
por más lejos que me encuentre
ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo y de mi gente
y lo que cambió ayer
tendrá que cambiar mañana
así como cambio yo
en estas tierras lejanas…
 
(de la canción “Todo cambia” compuesta por Julio Numhauser cuando fué obligado a exiliarse de Chile por la dictadura de Pinochet)
 
Aviso para posibles lectores de la derecha política: mi cambio no tiene relación con ningún proyecto político que podáis pensar, mucho menos con el presentado por el actual partido en el gobierno. Por lo tanto mejor no confundirse y esperar ver en la entrada una alabanza a los cambios que este mismo partido pueda llevar a cabo en el año próximo.

Aviso para posibles lectores de la izquierda política: Si piensas en los cambios que menciono bajo unas siglas concretas que aglomeran a una gran parte de la ciudadanía, vuelves a equivocarte. Los cambios a los que aspiro son más profundos, más internos, se trata de romper con la tradición sin olvidar la historia, se trata de ver más allá de lo heredado en nuestro entorno, se trata de no callar ante las injusticias, de no sucumbir ante la disciplina del grupo.

Hay una entrada que casi estoy convirtiendo en un clásico de este espacio de pensamientos, ideas y vivencias en que se ha convertido este blog. La entrada del próximo año o de las fiestas pasadas durante el período navideño. Es cierto que casi se está convirtiendo para mí en una costumbre coger el ordenador y escribir esas palabras de reflexión o felicitación, pero no es menos cierto que quizás por eso mismo se me hace cada vez más difícil resumir tantos sentimientos en unas cuantas líneas.

Esta vez no voy a hablar de lo que viene, no os voy a desear que sigáis luchando por mejorar lo que nos rodea porque estoy seguro que seguiréis haciéndolo, esta vez me gustaría hablar de algo que me costó mucho asimilar y reconocer en su momento, hace ya unos años: Los cambios, los que hubo, los que habrá. Al fin y al cabo, tal y como dice la canción, al caminante cambiar el rumbo siempre le hace daño.

Y, es que 2011 ha sido un año de cambios, al menos para mí. No me refiero a ese extraño “súmate al cambio” del que no me merece la pena tan siquiera prestarle atención si no es para contrarrestarlo o para recordar que “lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana”. Hablo de cambios en mí mismo, hablo de cambios en lo que conozco, en lo que me rodea y de cambios más profundos, de nuevos despertares de la ciudadanía.

Como dice la canción, no es extraño que yo cambie, de hecho cada una de las personas que conozco o he conocido este 2011 quizás cambien. Quizás todas y todos, quién sabe, nos volvamos con el paso de los años mucho más conservadoras/es. Yo ya tengo claro que lo seré desde el próximo 2012. No, no os asustéis, seré conservador, pero en el sentido en que utilizaba el término Hannah Arendt refiriéndose a la educación, porque:

“destruiremos todo si tratamos de controlar lo nuevo de tal forma que nosotros, los viejos, podamos dictar la forma que habrá de adoptar. Precisamente por el bien de aquello que hay de nuevo y de revolucionario en cada niño, la educación debe ser conservadora; debe preservar esta novedad e introducirla como cosa nueva en un mundo viejo, el cual, por revolucionarias que puedan ser sus acciones se encuentra ya desde el punto de vista de la nueva generación, caduco y al borde de la destrucción” (Hannah Arendt, “What is authority?” en between past and present, pp. 192-193. Citado en Henry A. Giroux, la escuela y la lucha por la ciudadanía, p.118)

2011 me ha dado la posibilidad de conocer o profundizar en la relación con personas extraordinarias en momentos igualmente impresionantes. Jornadas, congresos, concentraciones, asambleas, reuniones, asociaciones, revistas… dentro de todas y cada una de las actividades que he realizado ha destacado la calidad y la voluntad de las personas que en ellas se encontraban inmersas, cada uno de los encuentros forma parte ya de una de esas caras del cubo que nunca hay que dejar de seguir explorando.

De este año me llevo la entrega a la lucha de Carlos, el pragmatismo de Juanma, la sinceridad y rebeldía de Conchi, la solidaridad y la ilusión de Irene, el compañerismo y la constancia de Eli, los consejos de Alicia, el bombardeo contra-informativo de Lolo, los wiki-twitter de Alejandro, las ganas que espero que nunca pierdan (¡y que nadie se las quite!) de pelear de Reta, MM, Arantza, Naxo, Pablo, Nerea, Althea, Juan o Alba por mencionar a parte de esa juventud que viene con ganas, los momentos de discusión en CARE con tantas personas inolvidables, el amor y la responsabilidad de Judith y me llevo el encuentro con un indignado que forma parte ya de la vida de varias personas acompañando días y noches de la Granada en la que llevo tantos años. A todas, a todos, y a quienes no menciono porque de por sí siguen ahí después de tantos años, gracias por hacerme pensar y compartir tantos momentos durante los cambios de 2011.

Cambiaron muchas cosas durante este año. Los movimientos sociales dejaron de retumbar en el pecho de tantas personas anónimas, que como hormiguitas poco a poco construían y seguirán construyendo alternativas, para latir con fuerza en las calles y formar parte, una vez más, de una llamada de atención a la sociedad. Para bien o para mal, con mayor o menor fortuna, cada una de las personas que formaron parte de los movimientos que ocuparon plazas y construyeron asambleas, para reconceptualizar su propia ciudadanía, ya no serán las mismas de antes. Para bien o para mal, nos hemos encontrado más allá de las instituciones, ya sea en persona o de forma virtual, en grupo o individualmente, muchas de esas personas no olvidarán esos encuentros y sin duda seguirán (seguiremos) pidiendo cambios puede que, para empezar, “en lo superficial, pero también en lo profundo”.

Puede que 2012 nos depare otras oportunidades, puede que no coincidamos en los mismos lugares, que las circunstancias no sean las mismas, que nuestro futuro nos depare otros destinos donde situarnos, y cambiaremos nuestra localización y quizás con ella muchos de nuestros pensamientos se vean modificados, pero sin duda como dice la canción lo que nunca cambiará será “mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor de mi pueblo y de mi gente”. En la medida en que sintamos cada día el dolor de cada persona conocida o no, cercana o no, como nuestro, siempre quedará la certeza de que es necesario seguir peleando por cambiar todo en este mundo.

Todas las personas que conozco puede que cambien, es más espero que no dejen nunca de cambiar para que nos recordemos a nosotras/as mismas/os algo que a veces se nos hace difícil dislumbrar bajo la oscuridad con la que nos encontramos en muchas ocasiones en nuestro camino. Si como personas somos capaces de cambiar para reconstruirnos y encontrar nuestro sitio junto a otras/os, igual que nosotros el mundo también cambia, pero solo haremos que cambie con nuestra intervención en él.

2012 no es más que la excusa de tener un año más por delante para seguir cambiándolo todo.

Permitidme que os deje aquí la canción del principio cantada por Mercedes Sosa en Chile, después de tantos años de silencio y con unos ¡ya cayó, ya cayó! que festejaban la vuelta de la libertad a aquella tierra.


EL SUEÑO DE UNA ACAMPADA DE PRIMAVERA

Por más que intentara darle vueltas a mi cabeza no se me ocurriría nada mejor que lo que seguidamente voy a escribir para definir las sensaciones que se agolpan en el paso de estos días, en primer lugar porque no soy ningún literato dotado para el ejercicio de la escritura y en segundo lugar porque pienso que en una gran mayoría de ocasiones lo que escribimos con los sentimientos a flor de piel termina siendo lo mejor que podráimos haber escrito sobre cualquier tema. Quizás mi análisis no sea acertado, quizás mis percepciones tornen cambiantes en el transcurrir de los días y los acontecimientos o quizás mis reflexiones solo sean deseos locos de alguien que piensa que luchar por aquello en que se cree siempre tiene mayor sentido que esperar a que las cosas sucedan por el transcurrir del tiempo.

Habrá quien no entienda el sentido de estar sentado en una plaza, a la intemperie, rodeado de personas que no conoces, compartiendo ideas que siempre creiste tenían que renacer, y dormir sin haberlo planeado con la inseguridad en el cuerpo de saber que lo que ya ha ocurrido puede volver a repetirse. Yo no aspiro a que hoy ni mañana lo entendáis, simplemente respetadlo.

La mañana siguiente al desalojo que sufrieron 200 personas en la plaza del ayuntamiento de Granada resultó crucial para que decidiera que mi compromiso con ese movimiento que se estaba gestando tenía que tomar un nuevo rumbo. Creo que no podría explicar con las palabras exactas los sentimientos mezclados de rabia, felicidad, impotencia y esperanza que despertaban y aún despiertan en mí todas y cada una de las personas que hoy están de alguna forma involucradas en el desarrollo de una nueva forma de entender la ciudadanía y tomar conciencia de la importancia de la participación en procesos activos de democracia.

El único temor de aquella primera noche (la segunda en el ayuntamiento de las y los valientes que estuvieron en la plaza desde el principio) el único temor provenía de vaticinar en que momento comenzaría el desalojo por parte de las fuerzas de “seguridad” (¡qué ironía más grande en estos casos!). Creo que apenas pude dormir 2 horas en aquella noche y al día siguiente debía subir a la facultad, pero para que engañarnos mi imsomnio no provenía del miedo al desalojo, sino de la felicidad encontrada en conversaciones impensables en ese lugar y a esas horas.

Los días han ido pasando y las opiniones sobre el movimiento se han sucedido. Evidentemente el 15M ha vencido muchos de los órdagos que hasta ahora le han enviado desde fuera. Conforme se alargaba la estancia de los mismos en las distintas plazas del país desde distintas esferas hay quienes proponen varias alternativas para no perder la fuerza conseguida, quienes apoyaron las intenciones animando al compromiso y resaltando la responsabilidad del voto y quienes lo ven como una esperanza y una forma de ruptura con un mundo sin valores. Pero el 15M tiene ante sí el reto más grande, luchar contra las posibles contradiciones que puedan surgir desde dentro. No nos engañemos, como dice Sampedro está claro que “esto va a cambiar, tiene que hacerlo”, pero no podemos eludir la responsablidad que nos toca en decidir qué mundo queremos construir y cómo vamos a hacerlo.

Mis sentimientos no han cambiado desde aquella primera noche en la Plaza del Carmen, frente al ayuntamiento de Granada y junto a tantas personas inundadas por la sed de vivir en una democracia REAL.

Durante todos estos días he tenido la oportunidad de hablar con mil personas sobre todo lo referido a las acampadas y al movimiento. Dudas, esperanzas, miedos, propuestas, se han sucedido tanto en las conversaciones privadas como en las asambleas a las que he tenido la suerte de asistir. De todo lo escuchado hay 2 frases que creo que merecen ser repetidas una, otra y otra vez hasta que nos queden bien grabadas en la cabeza “la responsabilidad de lo que suceda con estas iniciativas es nuestra y de nuestro compromiso con ellas” y “dudar de las posibilidades de autorregulación del movimiento y no ser parte de esa autorregulación es matar nuestros sueños por no luchar por ellos”.


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