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Encontrando nuestro espacio (diario de cárcel)

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Veníamos de una semana bastante difícil, una semana en la que tuvimos que repensar cada concepto de nuestro taller, cada idea construida, nuestras miradas y nuestras iusiones. El día de ayer resultaba, al menos para mí un día decisivo para saber que hacer con nuestro espacio de encuentro y claro, no hay día que este trabajo no te sorprenda.

Llegamos pronto al módulo, al menos pronto para la hora a la que Oscar y yo solemos entrar. Comenzamos a encontrarnos con nuestros compañeros de grupo. Saludos, abrazos, preguntas por lo que pasó la semana anterior. Las conversaciones continúan y entre ellas nos comentan que por ahora seguiremos sin Biblioteca (la están pintando), es decir, sin el lugar donde cotidianamente nos reunimos durante nuestros encuentros. Otros espacios están ocupados, así que toca decidir que hacemos…

Este es uno de esos momentos en los que me doy cuenta que yo no soy un voluntario que hace una labor “x” horas a las semana porque, es cierto, yo (igual que Oscar) no cobro ni un euro por ir al centro penitenciario y realizar junto a Oscar los talleres que realizamos, pero no hay nada que pueda pagar la pasión y las ganas con las que desempeño ese trabajo. Un voluntario, casi con toda seguridad, al ver que el espacio donde realiza su taller no está disponible ni parece haber otro libre da media vuelta y otro día será. Pero, nosotros no concebimos en ningún momento la posibilidad de darnos la vuelta por falta de un espacio delimitado, ni por falta de medios o materiales. Resulta que a estas alturas para nosostros, al menos para mí, lo único importante es el contenido, y ese contenido lo ponemos las personas que nos encontramos y construimos espacio de encuentro. Si nos encontramos, si queremos aprender y compartir el espacio lo creamos nosotros.

Así que después de hablarlo durante un par de minutos allí íbamos cargados con una mesa y algunas sillas del comedor, ¿hacia dónde? Imagino que eso se preguntaban quienes nos veían cargar con ellas y miraban nuestro recorrido para escrutar donde estaba nuestro destino. Sí, habíamos descubierto que existía un espacio enorme, amplio, compartido con otras personas y abierto. Ese lugar donde como diría Marcos Ana, la Tierra deja de ser redonda y se tranforma en cuadrado, un lugar que también esta para ser espacio de encuentro.

Romper con la rutina, romper con los espacios, nos da la oportunidad, como grupo, de hacernos visibles, de ser vistos por otros que quizás nunca nos vieron, pero también de ver a esos otros que normalmente no se acercan a otros espacios donde suponen algo sucede pero no saben qué. Pero, romper caminar a los espacios abiertos también nos da la oportunidad de decir que estamos ahí y que ante todo, no tenemos nada que esconder, más bien tenemos mucho que mostrar y que aprender.

Transcurre la mañana, se acercan algunos curiosos. Unos ojean, alguno que otro pregunta y los menos buscan una silla y nos acompañan. Hablamos, jugamos y hacemos dinámicas. Los temas se suceden, hay risas y momentos serios. Aperturas personales y reflexiones sobre el grupo, sobre cómo seguir caminando y qué hacer para devolverle vigor a este espacio de encuentro.

Hoy seguimos construyendo aprendiajes y compartiendo experiencias. Pero, sin darnos cuenta hoy hemos descubierto, o al menos yo lo he hecho, que el taller de “espacio de encuentro” es más que una estructura porque solo es construido a través de las personas que le vamos aportando contenido. Hemos ensanchado los límites para expandir nuestros encuentros.


Una semana Entalegad@s

“Las palabras designan la experiencia, pero no son la experiencia. En el momento en que intento explicar lo que he experimentado exclusivamente en pensamientos y palabras, la experiencia desaparece: se seca, muere, se convierte en una mera idea. De esto se deriva que el ser es indescriptible en palabras y solo es comunicable con la condición de que mi experiencia sea compartida. En la estructura del tener, dominan las palabras muertas; en la estructura del ser, domina la experiencia viva e inexpresable”

(E. Fromm, Tener y ser)

En los últimos días me he encontrado en varias ocasiones con personas que me pedían que les explicara qué hicimos en el IV EnTalegArte: encuentro de Arte, Cultura y Educación en el medio penitenciario que se celebró el pasado mes de Noviembre y en el que vengo participando desde hace unos años con la Asociación PIDES. Cuando intento explicar lo que hemos hecho, o como se distribuyen los talleres, que trabajamos, como se desarrollan las sesiones de trabajo… siento que no me salen las palabras, es como si no encontrara la forma de transmitir lo que sucede en esos días, la persona que me pregunta me mira, extrañada, frunce el ceño, intenta comprender y acto seguido responde – Ahh… ya.-

Es entonces cuando me doy cuenta que no merece la pena explicarlo, que por más que busque en el vocabulario no encuentro las palabras suficientes para que una frase pueda describir las experiencias vividas. Sí, las experiencias. No porque yo haya vivido un sin fin de experiencias durante esa semana, aunque también sería cierto, sino porque son muchas personas compartiendo distintas experiencias, muchas personas abandonando en algún momento parte de ese modo de vida que correspondería a la orientación del “Tener” que tan bien describió Fromm, para acercarse al “Ser”. Grupos de personas que dejan de hablar de independencia, libertad, amor, y razón crítica para experimentarlas; Que dejan por momentos de ser parte del mundo consumidor para convertirse en activos protagonistas de la experiencia vivida; Que dejan de aprender para aprehender en el sentido freireano del término; Que aprecian la importancia del compartir la experiencia, la importancia de dar y darse a los demás.

Esta sociedad nos educa para dejar de vivir, de experimentar. Pensamos, cada vez más, que la simple transmisión de un concepto, de una idea… ¡de una experiencia! es suficiente para conocer aquello que nos interesa. Las clases obligatorias, la imperiosa dictadura del tiempo impuesto nos va atravesando para convertirnos en esclavos del reloj. Pretendemos resumir las experiencias a una simple respuesta escrita o transmitida de forma oral, de la misma manera que tratamos de reducir las emociones de un libro a un resumen esquemático de sus ideas.

Por eso me es imposible explicar las experiencias vividas durante esa semana Entalegados. Porque, puedo contarte una dinámica, recitarte la letra de una canción, explicarte como se resuelve un conflicto, contarte como nuestro cuerpo se transforma en arte, decirte como se interviene en el contexto o hablarte de lo que hacemos y de cómo intervenimos (o mejor dicho, somos intervenidas/os por quienes nos rodean), pero no puedo transmitirte lo que ha sido porque solo podrás entenderlo cuando lo hayas vivido.

¿Encerrados dentro de nosotras/os mismos?

¿Encerrados dentro de nosotras/os mismos?

 

 


Disculpen las molestias estamos evalu… transformándo(nos)

Hace un año aproximadamente que como muchas y muchos sabéis comparto parte de mi tiempo en distintos módulos del Centro Penitenciario de Albolote gracias a la la gente de PIDES, a que aún considero que lo que hacemos allí es importante y a que los compañeros que dentro de la cárcel comparten esos días, siguen colaborando con nosotros en las pesadas actividades, películas y libros que trabajamos.

Llevaba tiempo queriendo dedicar una entrada a la evaluación, sobre todo porque en este mundillo en el que vivimos siempre hay alguna o algún atrevido que más que comerse el producto tal cual, trata de leer la etiqueta del mismo e incluso (cosa poco probable hoy en día) tiene la osadía de preguntar o preguntarse la procedencia de los ingredientes o componentes del mismo.

Para empezar, me gustaría dejar claro que la evaluación nunca es una tarea fácil ya se haga de forma individualizada o colectiva; desde la perspectiva de la autoevaluación o mediante evaluación por un agente externo. Por lo general tendemos a simplificar de tal manera los procesos de evaluación que terminan por aportar más bien poco al desarrollo de nuestras actividades. Así, una evaluación puede convertirse en una acumulación de objetivos cumplidos o por cumplir, vamos, en aquello que estamos acostumbrados a ver en todos los proyectos educativos, sociales, económicos, etc. que conocemos. Un proceso por el que queramos o no, todas y todos indivudualmente o como asociación tendremos que pasar de cara a la galería.

Pero, para mí, una evaluación es mucho más que eso. La evaluación de cualquier proyecto o acción educativa está siempre unida a la evolución del proceso que se está desarrollando, la evaluación se convierte así en la confirmación de la ideología, de los principios y de la fuerza del propio proyecto que estamos construyendo.

En las sesiones de club de lectura, en las distintas actividades y en los debates que establecemos en las sesiones que realizamos en la cárcel hay tres principios básicos que una vez fueron acordados en nuestro primer encuentro hemos respetado durante todas las sesiones:

  • Principio de intimidad: Lo que ocurre en el club de lectura, se queda en el club de lectura.

  • Principio de horizontalidad: Respetar la palabra y la opinión de cada participante aunque no estemos de acuerdo.

  • Principio de voluntariedad: Asistir al club, es totalmente voluntario, ni se prohibe ni se alienta la entrada por medios coercitivos ni de más interés que el propio club.

A estos tres principios que aprendí en mi primer día en el centro mis compañeros de PIDES Carlos y José, acordamos agregar en nuestra primera primera sesión uno nuevo:

  • Principio de libre intervención: mediante el cual acordamos que no será necesario pedir turno de palabra para hablar, comprometiéndonos a respetar y escuchar a la persona que esté interviniendo antes de interrumpir su discurso.

Dicho esto en un momento dado llegué a preguntarme: ¿qué derecho tengo yo para romper cualquiera de estos principios en la realización de la evaluación? O reformulando la pregunta ¿por qué romper estos principios al evaluar la actividad que estamos construyendo o desarrollando entre todos?

Vercauteren, “Mouss” Crabbé y Müller citando a Ardonio1 nos ofrecen dos tipos (a grosso modo) de evaluación, La “evaluación control” y la “evaluación signo”.

La “evaluación control” podríamos representarla como el modelo clásico de evaluación que estamos acostumbradas y acostumbrados a observar, planificar y realizar. En esta evaluación “se fija un marco, se determina un objetivo a alcanzar y éste se articula con una intención más lejana”

evaluación lineal

En este tipo de evaluación las preguntas que nos hacemos se repiten para todos los objetivos: ¿dónde estamos?¿qué nos queda?¿hemos seguido la línea o nos hemos desviado?

Planteandome mi propio proceso de evaluación traté de repasar los supuestos sobre los que se asienta una evaluación como la anterior. ¿De verdad una evaluación así tiene sentido en todos los contextos?¿Cómo evaluar un objetivo que varia en función de como lo hace el contexto y las propias personas que lo habitan y construyen?¿Cómo evaluar un proceso de cambio y aprendizaje continuo en un desarrollo horizontal de las relaciones?

Gran parte de las respuestas las hallé en los libros, pero una parte muy importante de las mismas no se encontraba en ellos, sino en mi propia experiencia al haber sido objeto de las evaluaciones constantes del sistema educativo y de la sociedad en la que vivimos. Existen variadas respuestas y alternativas a la evaluación tradicional y evidentemente yo no voy a descubrir ninguna nueva, pero quizás vaya siendo hora de que las asociaciones, entidades, colectivos, grupos y personas de forma individual que trabajan/trabajamos en el ámbito social no solo construyamos procesos alternativos sino que nos decidamos a evaluar esos procesos sin alterar nuestros principios (muchas me consta que ya lo hacen), a pesar de que las administraciones obligen a tener que justificar de alguna forma los proyectos que se realizan (es evidente que no se puede cambiar de golpe la mentalidad de rendición de cuentas y cumplimiento de objetivos de nuestro entorno).

En este caso, la “evaluación signo” se aborda desde el propio medio en el que se realiza nuestro encuentro de diálogo, lo importante aquí no son los puntos de partida y final, sino todo lo que ocurre entre esos puntos. Lo importante “es la intensidad de los diferentes momentos recorridos y las maneras en que se unen unos a otros”. (pág. 90)

evaluación signo

Al centrarnos en el medio, los objetivos dejan de cobrar importancia porque el propio programa, la propia actividad está siendo evaluada por todo el grupo en el momento de su realización. Las preguntas dejan de centrarse en el objetivo por conseguir para cuestionarnos colectivamente ¿Qué estamos construyendo?¿Qué nos frena como grupo y qué nos impulsa colectivamente? No esperamos a una evaluación posterior para repensar y transformar lo que estamos haciendo, sino que esta se produce en el propio proceso de la actividad.

Como bien exponen David Vercauteren, Olivier “Mouss” Crabbé y Thierry Müller “Una reunión, un proyecto, un grupo, se atascan en redundancias que conducen a un atolladero (un tipo de fuerza pasiva) y en pasiones tristes; se trata de tener en cuenta aquí y ahora ese momento para desenredar los hilos y cambiar de orientación. Bifurcar, crear otra línea y ver lo que pasa (pag. 91).”

Si a pequeña escala Oscar (otro compi de nuestros talleres en la cárcel) y yo, casi de manera inconsciente ponemos en práctica los procesos evaluativos de la “evaluación signo” para reconstruir constantemente nuestras actividades en función de las necesidades del grupo. A gran escala los beneficios de trabajar desde esta perspectiva sin separar el desarrollo de la actividad de la propia evaluación lo pude vivir hace a penas una semana, cuando Oscar, Juan y yo mismo decidimos que teníamos que reconducir las actividades que llevávamos a cabo en uno de los talleres que realizamos juntos.

Parar, repensar, reconstruir e informar. Parece sencillo, pero con el ajetreo de responsabilidades en las que todos o casi todos nos encontramos metidos resulta casi una Odisea.

Lo primero fue plantearnos la duda de que algo fallaba y saber que la carga de ese fallo no recaía en nosostros de forma particular, ni por supuesto en los chavales que dentro de su día a día particular en aquel módulo, bastante hacen con acercarse y curiosear. Pero, si el fallo no estaba ahí…

Indagamos en nuevas actividades (creatividad e innovación), seleccionamos aquellas que por nuestras habilidades y por el contexto podríamos dominar mejor (convicción y decisión), y por último, consultamos y consensuamos nuestras propuestas con nuestros compañeros del módulo para seleccionar las que creían podían motivarles más a trabajar (horizontalidad y participación informada).

Contado así puede parecer una gran puesta en escena, pero en realidad, ni nada es tan pomposo y difícil, ni tuvimos que plantearnos tantas trabas metodológicas. El resumen de andar por casa sería el siguiente:

Tres compañeros de trabajo detectan que algo no funciona. Dos de ellos lo hablan y lo comparten con el tercero. Todos piensan que falta un cambio. Buscan un día y una hora para compartir las propuestas. Se quedan con tres propuestas. Llegan al grupo de reunión y exponen la idea de cambio. El grupo lo recibe con indiferencia, posteriormente comienzan a hablarlo. Acuerdan que hacer el próximo día y nos comprometemos a experimentar algo nuevo. FIN DE LA HISTORIA.

Ya sé que más de una persona que haya llegado hasta aquí estará preguntándose ¿Y eso da resultado?

La respuesta correcta sería: Lo estamos evaluando.

De momento de lo unico que puedo informar es que tras el primer día de cambio, llamémosle “DÍA 1 DC” (Después del cambio), la asistencia al taller se multiplicó (no sin un buen trabajo e insistencia), la participación aumentó, y la confianza del grupo y en el grupo generó nuevas ideas y expectativas sobre la deriva positiva del mismo.

1. Vercauteren, David; “Mouss” Crabbé, Olivier y Müller, Thierry (2010). Micropolíticas de los grupos. Para una ecología de las prácticas colectivas. Traficantes de sueños. Madrid.


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