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Encontrando nuestro espacio (diario de cárcel)

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Veníamos de una semana bastante difícil, una semana en la que tuvimos que repensar cada concepto de nuestro taller, cada idea construida, nuestras miradas y nuestras iusiones. El día de ayer resultaba, al menos para mí un día decisivo para saber que hacer con nuestro espacio de encuentro y claro, no hay día que este trabajo no te sorprenda.

Llegamos pronto al módulo, al menos pronto para la hora a la que Oscar y yo solemos entrar. Comenzamos a encontrarnos con nuestros compañeros de grupo. Saludos, abrazos, preguntas por lo que pasó la semana anterior. Las conversaciones continúan y entre ellas nos comentan que por ahora seguiremos sin Biblioteca (la están pintando), es decir, sin el lugar donde cotidianamente nos reunimos durante nuestros encuentros. Otros espacios están ocupados, así que toca decidir que hacemos…

Este es uno de esos momentos en los que me doy cuenta que yo no soy un voluntario que hace una labor “x” horas a las semana porque, es cierto, yo (igual que Oscar) no cobro ni un euro por ir al centro penitenciario y realizar junto a Oscar los talleres que realizamos, pero no hay nada que pueda pagar la pasión y las ganas con las que desempeño ese trabajo. Un voluntario, casi con toda seguridad, al ver que el espacio donde realiza su taller no está disponible ni parece haber otro libre da media vuelta y otro día será. Pero, nosotros no concebimos en ningún momento la posibilidad de darnos la vuelta por falta de un espacio delimitado, ni por falta de medios o materiales. Resulta que a estas alturas para nosostros, al menos para mí, lo único importante es el contenido, y ese contenido lo ponemos las personas que nos encontramos y construimos espacio de encuentro. Si nos encontramos, si queremos aprender y compartir el espacio lo creamos nosotros.

Así que después de hablarlo durante un par de minutos allí íbamos cargados con una mesa y algunas sillas del comedor, ¿hacia dónde? Imagino que eso se preguntaban quienes nos veían cargar con ellas y miraban nuestro recorrido para escrutar donde estaba nuestro destino. Sí, habíamos descubierto que existía un espacio enorme, amplio, compartido con otras personas y abierto. Ese lugar donde como diría Marcos Ana, la Tierra deja de ser redonda y se tranforma en cuadrado, un lugar que también esta para ser espacio de encuentro.

Romper con la rutina, romper con los espacios, nos da la oportunidad, como grupo, de hacernos visibles, de ser vistos por otros que quizás nunca nos vieron, pero también de ver a esos otros que normalmente no se acercan a otros espacios donde suponen algo sucede pero no saben qué. Pero, romper caminar a los espacios abiertos también nos da la oportunidad de decir que estamos ahí y que ante todo, no tenemos nada que esconder, más bien tenemos mucho que mostrar y que aprender.

Transcurre la mañana, se acercan algunos curiosos. Unos ojean, alguno que otro pregunta y los menos buscan una silla y nos acompañan. Hablamos, jugamos y hacemos dinámicas. Los temas se suceden, hay risas y momentos serios. Aperturas personales y reflexiones sobre el grupo, sobre cómo seguir caminando y qué hacer para devolverle vigor a este espacio de encuentro.

Hoy seguimos construyendo aprendiajes y compartiendo experiencias. Pero, sin darnos cuenta hoy hemos descubierto, o al menos yo lo he hecho, que el taller de “espacio de encuentro” es más que una estructura porque solo es construido a través de las personas que le vamos aportando contenido. Hemos ensanchado los límites para expandir nuestros encuentros.


La investigación colectiva es como un día de playa (diario de investigador)

Atardecer en la playa de La Ballena en Rota (Cádiz)

Atardecer en la playa de La Ballena en Rota (Cádiz)

Siento que investigar en grupo es como pasar un día de playa. Todo comienza llegando pronto, buscando un buen sitio donde dejar tus cosas para intentar tener un día divertido, tranquilo e interesante. Y claro… aquí va a dar mucho el viento, allí no que luego sube la marea, aquí después se llena de gente, por esta parte no que estamos muy lejos del agua….

En el caso de investigar en grupo comenzamos buscando el tema en el que nos vamos a centrar: que si delimitar el tema, que hay seleccionar los Issues, que los objetivos no están relacionados con el proyecto, que hay que elaborar el diseño, que cada cual tiene su idea en la cabeza, que la metodología no es la adecuada… que a ver si ponemos ya el huevo y empezamos…

En la playa comienza a avanzar el día y todo se va llenando de gente, cada cual con su idea, cada grupo con su espacio y sus mochilas, pero toda persona que llega lo hace con la misma idea de disfrutar el día y pasarlo con más o menos gente, en lo que es casi una negociación invisible, sin normas pero con acuerdos compartidos. Sí, ya sé, siempre está el que pone la música a toda mecha cuando tú quieres leer o echar una cabezada; y la o el que juega a correr por la arena y de camino va llenando las toallas y los bocatas de los demás. Pero, hasta eso se intenta minimizar cuando se trata de pasar un día de playa, al fin y al cabo esa diversidad de vivencias y experiencias es la que le da sentido y construcción a ese espacio que evocamos como “playa”.

En la investigación en grupo creemos que hemos terminado de plantar el huevo cuando por fin hemos delimitado el tema y tenemos nuestro diseño de la investigación hecho. Aunque, realmente aún la gallina ni siquiera ha elegido aún donde va a posarse… Ahora es cuando llega lo divertido. Porque aquí cada cual también trae su mochila a cuestas, y ponerse de acuerdo resulta a veces dificil, a la vez de bonito. Esta el tema, la idea central de la investigación, pero el proceso no es ese, sino el de llegar todas las personas que conformamos el grupo a comprender las ideas que cada una/o tiene sobre esa idea central. Digamos que en ese momento estamos construyendo los acuerdos compartidos sobre la investigación. Pulimos la metoología, nos relacionamos con ella y la conocemos. Perdemos el miedo a equivocarnos al aplicarlas y buscamos (auto) formarnos individual y colectivamente para mejorar nuestros conocimientos sobre el campo. Nosotrs quizás no hemos llegado con las mismas ideas a este estudio de caso, pero sí podemos poner en común los por qué y para qué de su puesta en marcha, y con eso empezamos a construir caso.

Como en la playa, el proceso de investigación colectiva no es lineal ni constante en el tiempo. Al igual que sube la marea somos conscientes que vendrá una bajamar. Pero, lo importante es que siempre haya alguien manteniendo la investigación en stand by, en avance lento y calmado esperando la nueva pleamar.

Tengo la sensación que en nuestro proceso de investigación se acerca esa bajamar, forzada por los procesos y dinámicas universitarias, y el lógico equilibrio que cada persona que forma el grupo tiene que buscar para mantener su proceso de crecimiento profesional y para mí, sobre todo, personal. Quizás perdamos fuerza durante un par de meses pero, también he podido sentir que el grupo en el que estamos trabajando cuenta con las personas necearias para mantener los mínimos de la investigación en un avance lento, pero seguro, esperando la llegada de la próxima pleamar. Mientras tanto al igual que en la playa cuando la marea baja buscamos el charquito que tiene más profundidad para refrescarnos al completo, nosotros buscamos nuevas personas que nos ayuden a cubrir nuestras necesidades y, por qué no, a seguir construyendo todo el proceso que nos queda por delante.

Y en esa andamos ahora. Buscando esa persona, que nos aporte su energía, sus ganas, sus miedos, sus inseguridades, sus conocimientos y sobre todos su compromiso para hacer crecer nuestro grupo. Mientras tanto la observación participante continúa su camino; las entrevistas comienzan a tener nombre; y las etnografías virtuales esperan el abordaje de las curiosas y curiosos investigadores. Pero eso es cosa de otro post.

 


Mi maestro (diario de cárcel)

FRATO+Sin+odiar+lo+que+estudiamos

Hoy me apetecía volver a plasmar en la blogosfera parte de ese diario que personalmente me ayuda a relfexionar sobre mi practica educativa en los “espacios de encuentro” que vamos construyendo en la cárcel.

Hay días que no todo sale como tienes planeado. Días en los que descubres o mejor re-descubres lo dificil que resulta el trabajo cuando esa labor está relacionada con personas y tú eres una de ellas.

Siempre pienso que es una sensación normal esa en la que la frustración te inunda y las dudas golpean cada intento de seguir adelante. Cuando decides apostar por la educación y el aprendizaje como motores de cambio nada resulta fácil. Por suerte a lo largo de mi experiencia en actividades, proyectos, iniciativas, comunidades, colectivos, etc. siempre he tenido alguna persona con quien compartir esas dudas, esa persona que te hace reflexionar, que te empuja a buscar el lado optimista de la situación, que te pone los pies en la tierra o simplemente que conoce lo que haces, por qué lo haces y cuál es el objetivo global hacia el que va encaminado mi pensamiento. Mi maestra/o.

Hoy ha sido un día duro, o al menos pudo serlo. La mañana se presentaba interesante, nuevas compañeras que se embarcaban en conocer uno de los contextos en el que desarrollamos las actividades de la Asociación Pides, las ganas de Oscar y mías de retomar las sesiones del “espacio de encuentro” con dos dinámicas de reflexión personal y social… Pero, en la practica educativa uno debe estar siempre preparado para cualquier cosa, y quizás, yo a pesar del tiempo que llevo compartiendo mi tiempo en la cárcel en los distintos talleres no estaba preparado para afrontar la realidad que se me iba a presentar. No todos los días tiene uno el tiempo para fiesta.

La llegada a nuestro espacio de encuentro se desarrollaba como siempre, saludos aquí y allá, preguntas por los últimos días, por lo que teníamos pensado hacer hoy, por los motivos de no haber ido la semana anterior… Algún que otro compañero del grupo enfermo, la gripe y los resfriados se hacen notar a pesar de los pocos días de frío. Todo como siempre, excepto que por unas cosas u otras nos encontrábamos solos, practicamente sin posibilidad de comenzar el taller. Allí estábamos mirándonos y preguntándonos los dos Oscar y yo. Mi maestro y yo.

Mi maestro porque es en estos momentos donde cuando uno se cae tiene que haber otra persona que le empuje a levantarse. Maestro porque si uno se para alguien tiene que darle el primer empujón para hacerle caminar, y hoy ese alguien fue mi compañero y maestro de actividades, Oscar. Vale. Entiendo que a estas alturas tenga que explicarme y explicar por qué califico así, de maestro a una persona determinada.

Hagamos un paréntesis:

[Este es el momento en que más de una/o me saca la definición de maestro de la RAE o me envía a la wikipedia a consultarla. Pero, yo hablo de un maestro con mayúsculas. De los maestros que a veces olvidamos que tenemos cerca porque buscamos contínuamente a esa figura referente, docta en tal o cual materia, reconocida públlica y socialmente como maestra o maestro por encima del resto. Hablo de las compañeras y compañeros de trabajo como maestros. Por eso entiendo que he tenido muchas maestras y maestros a lo largo de mi corta vida y que cada una de esas personas fue y es maestra en determinados momentos y practicas.]

Una vez explicada mi concepción (errónea para muchas/os, sesgada para algunas/os e interesada para otras/os .Podemos discutirlo en los comentarios) de maestro, me gustaría explicar qué hace un maestro, cuando el estudiante (en este caso yo) se queda paralizado.

El maestro es quien no entra en tu derrumbe ni cae en tu red, que en estos momentos se construye en una espiral autodestructiva. El maestro mira, te mira y a veces sin pensar te propone otra cosa que hacer. Parece algo sencillo, pero el maestro acaba de desviar tu atención del problema para enfocarte en otra dirección y aunque tenga que vencer resistencias sabe que finalmente todo consiste en no seguir parado fijando tu concentración en el problema.

El maestro no se pregunta por tu bloqueo mental, puede que incluso no sepa que tienes un bloqueo mental. El maestro continúa el desarrollo normal de un día de trabajo, y si las circunstancias hacen que no haya nada que hacer en un lugar, busca otro sitio donde pasar ese tiempo sin necesidad de que haya un plan previo, ni objetivos concretos por alcanzar pero, con la intención de buscar la motivación que te permita, os permita, continuar construyendo aprendizajes.

Y entonces es cuando todo cambia. Todo cambia porque tu mente y tu bloqueo se encuentran con otras personas, a veces nuevas y otras no tanto. Las resistencias a un bloqueo que te lleva a pensar que lo que haces no sirve para mucho o que tú mismo no sirves como educador/a, se ven sacudidas por conversaciones que te envuelven hasta hacer olvidar el recuerdo que hacía que todo fuese una espiral descendiente.

De pronto un mal día se ha transformado en un día para pensar en cosas nuevas o en otras ocasiones para conocer otras inquietudes propias y ajenas.

Pero, la labor del maestro a veces no termina ahí. Hay días en los que además tienes la oportunidad de poder compartir tus pensamientos, reflexiones, ideas o miedos con tu maestro, y es en esos momentos donde comprendes la importancia que tiene que tu compañero de trabajo sea tu maestro o que tu maestro sea sobre todo un compañero de trabajo. Porque en estos momentos es donde se encuentran los pensamientos y las ideas, donde se construyen nuevas transformaciones y proyectos, donde se intercambian las dudas para transformarlas en posibilidades de acción.

Hoy todo eso fue posible gracias a uno de mis MAESTROS, Oscar. Hoy todo eso me ha sido posible por descubrirme aprendiz donde otras veces puedo ser maestro. Todo es posible por descubrir que un compañero es mucho más que una persona con la que solo compartes un tiempo y un espacio. Por haber deconstruido el significado de maestra/o para reinterpretarlo como aquella persona que te hace aprender y que en otras ocasiones puede aprender de ti. Hay muchas maestras y maestros en muchos lugares distintos, haciendo cosas distintas, solo tenemos que estar abiertos a encontrarlos y reconocerlos.


Una semana Entalegad@s

“Las palabras designan la experiencia, pero no son la experiencia. En el momento en que intento explicar lo que he experimentado exclusivamente en pensamientos y palabras, la experiencia desaparece: se seca, muere, se convierte en una mera idea. De esto se deriva que el ser es indescriptible en palabras y solo es comunicable con la condición de que mi experiencia sea compartida. En la estructura del tener, dominan las palabras muertas; en la estructura del ser, domina la experiencia viva e inexpresable”

(E. Fromm, Tener y ser)

En los últimos días me he encontrado en varias ocasiones con personas que me pedían que les explicara qué hicimos en el IV EnTalegArte: encuentro de Arte, Cultura y Educación en el medio penitenciario que se celebró el pasado mes de Noviembre y en el que vengo participando desde hace unos años con la Asociación PIDES. Cuando intento explicar lo que hemos hecho, o como se distribuyen los talleres, que trabajamos, como se desarrollan las sesiones de trabajo… siento que no me salen las palabras, es como si no encontrara la forma de transmitir lo que sucede en esos días, la persona que me pregunta me mira, extrañada, frunce el ceño, intenta comprender y acto seguido responde – Ahh… ya.-

Es entonces cuando me doy cuenta que no merece la pena explicarlo, que por más que busque en el vocabulario no encuentro las palabras suficientes para que una frase pueda describir las experiencias vividas. Sí, las experiencias. No porque yo haya vivido un sin fin de experiencias durante esa semana, aunque también sería cierto, sino porque son muchas personas compartiendo distintas experiencias, muchas personas abandonando en algún momento parte de ese modo de vida que correspondería a la orientación del “Tener” que tan bien describió Fromm, para acercarse al “Ser”. Grupos de personas que dejan de hablar de independencia, libertad, amor, y razón crítica para experimentarlas; Que dejan por momentos de ser parte del mundo consumidor para convertirse en activos protagonistas de la experiencia vivida; Que dejan de aprender para aprehender en el sentido freireano del término; Que aprecian la importancia del compartir la experiencia, la importancia de dar y darse a los demás.

Esta sociedad nos educa para dejar de vivir, de experimentar. Pensamos, cada vez más, que la simple transmisión de un concepto, de una idea… ¡de una experiencia! es suficiente para conocer aquello que nos interesa. Las clases obligatorias, la imperiosa dictadura del tiempo impuesto nos va atravesando para convertirnos en esclavos del reloj. Pretendemos resumir las experiencias a una simple respuesta escrita o transmitida de forma oral, de la misma manera que tratamos de reducir las emociones de un libro a un resumen esquemático de sus ideas.

Por eso me es imposible explicar las experiencias vividas durante esa semana Entalegados. Porque, puedo contarte una dinámica, recitarte la letra de una canción, explicarte como se resuelve un conflicto, contarte como nuestro cuerpo se transforma en arte, decirte como se interviene en el contexto o hablarte de lo que hacemos y de cómo intervenimos (o mejor dicho, somos intervenidas/os por quienes nos rodean), pero no puedo transmitirte lo que ha sido porque solo podrás entenderlo cuando lo hayas vivido.

¿Encerrados dentro de nosotras/os mismos?

¿Encerrados dentro de nosotras/os mismos?

 

 


A veces uno es… (diario de cárcel)

“Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.

Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.

A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires,
te mires al mirarme.”

(Estados de ánimo, Mario Benedetti)

Quizás una de las características que más me gusta de nuestro trabajo aquí sea la apertura que tenemos a que cualquiera pueda venir con nosotros a los talleres que realizamos. Siempre estamos abiertos a que se incorpore alguien más al grupo, venga de fuera o de dentro, no tenemos nada que ocultar y curiosamente esta situación contrasta con la que se produce en la mayoría de procesos de educación que permanecen cerrados e incluso en ocasiones prohibidos para cualquier persona ajena al grupo.

Sin duda en función de lo que se va a trabajar puede ser que quién se una al grupo se encuentre más o menos cómodo durante la sesión, pero exactamente igual ocurre con el grupo cuando recibe a esa persona. Quizás ahí debe estar centrado el trabajo de quienes de alguna manera son construidos y se construyen a sí mismas/os como educadoras/es: Ser capaces de conseguir que quienes participan de unas horas de encuentro, intercambio comunicativo, experiencias, etc. se sientan como en casa.

Pero ¿es necesaria una preparación del grupo y de las personas que se integran al mismo? Personalmente pienso que no. Lo necesario, desde mi punto de vista es sentido común, olvidar los miedos, vivir esas incorporaciones como algo normal y sobre todo estar dispuestas/os a desaprender todo lo que hasta ahora hemos aprendido.

Hoy nos tocó a nosotros tener dos nuevas visitas en nuestro grupo. Me resultaría difícil juzgar como se sintieron, pero si puedo decir que como grupo se enriquecieron los aprendizajes y se vivieron nuevos puntos de vista que aportan mucha importancia a las actividades que se realizan.

Aún continuamos conociéndonos tal y como contaba la semana pasada, pero claro ¿cuándo acabamos de conocernos individualmente? ¿Y en grupo? Me atrevo a decir que sin importar a lo que dediquemos la sesión nunca terminaremos de conocernos como grupo por muchas sesiones que trabajemos juntos, como nunca terminamos de conocernos a nosotros mismos por muchos años que nos de la vida para hacerlo.

¿Cuántas anécdotas, vivencias, experiencias o momentos especiales hemos guardado en el baúl? ¿Cuántas veces hemos preguntado a alguien cercano cuáles fueron sus momentos especiales?

Generalmente solemos hacerlo poco. Quizás la vida nos entretiene con demasiadas cosas como para conocer un poco más a quien tenemos cerca o simplemente no nos da tiempo de pensar en ello. Hoy nosotros quisimos hacerlo con una sencilla dinámica, una dinámica que a través de nuestras propias experiencias ha servido para conocernos un poco más, pero también para sentirnos más cómodos trabajando.

Todos tenemos distintas caras que mostramos al mundo. Caras que vamos turnando como si de máscaras se trataran, caras que esconden partes de nuestra personalidad, de nuestros miedos y nuestras alegrías. Caras que salen a la luz o que permanecen ocultas, guardadas en un lugar seguro, caras que nosotras/os mismos no vemos y caras que quizás nunca lleguemos a descubrir.

La ventana de Johari me ha servido hoy para descubrir algunas de esas caras que otras personas ven en mí y que nunca pensé que estaba mostrando, para reafirmar que la ironía es parte de mi vida diaria y para preguntarme que habrá en esa ventana desconocida que merezca la pena ir trayendo pronto a alguna de las otras ventanas.

Pero, hoy fuimos un paso más allá y nos atrevimos a experimentar construyendo una ventana de Johari grupal. Un espejo que fuésemos descubriendo a lo largo del año como grupo, un termómetro de como vamos evolucionando a través de como nos vemos como grupo y cómo nos ven.

Otra de las ventajas que se obtienen de trabajar esporádicamente con personas que normalmente no participan en las sesiones es la de obtener otras visiones de lo que estamos haciendo, un punto de vista diferente y una ayuda para seguir mejorando desde la crítica compartida.

Si las dificultades me invitan a no rendirme y seguir luchando… ¿Qué pasará conmigo si todo sigue marchando tan bien?


Me rodean gentes nuevas (diario de cárcel)

“Me rodean gentes nuevas,
gentes que me acosan a preguntas…
me llegan recuerdos de mi infancia,
de mi barrio,
de la ciudad,
de la nación;
pienso en las grandes fechas,
en los grandes sucesos,
y los acontecimientos definitivos…
Todas estas cosas llegan a mí de noche y de día, entran en mi vida,
vienen y se van…
¡pero yo no soy nada de esto!
Yo estoy fuera de estos empujones
que me traen y me llevan.
Yo me quedo arriba
alegre, ocioso,
compasivo,
viéndolo todo en panorama,

mirando, erguido, el mundo desde lo alto o apoyado el brazo sobre un sostén seguro aunque invisible, esperando curioso, con la cabeza medio vuelta hacia un lado, lo que va a acontecer… el acto siguiente. ¡Yo estoy dentro y fuera del juego a la vez… Y lleno de asombro!Miro hacia atrás
y me veo en la niebla discutiendo con satíricos y sofistas.
Pero yo no he venido a disputar ni escarnecer.
Estoy aquí observando y… ¡espero!”

(Fragmento de Canto a mí mismo de W. Whitman)

Me pregunto como valora alguien que se dedica a la educación los talleres, clases, sesiones, etc. que lleva a cabo.

A veces cuando un día como hoy salgo con la sensación de haber compartido interesantes charlas con los compañeros de nuestro “espacio de encuentro” me cuestiono como cabe todo eso en una evaluación, en un número o en un juicio de valor sobre lo aprendido.

No sé si alguno de quienes hemos estado hoy en el grupo estaba dando la respuesta correcta, pero me siento seguro de afirmar que cada respuesta y cada pregunta; que cada conversación  ha influido de alguna forma en nosotros.

Compartir mi  *“escudo”, aquello que pienso que me representa como persona, aquello por lo que peleo día a día, no ha sido fácil. Nunca es fácil abrirse a un grupo por superficial que sea esa apertura, e imagino que todos hemos tenido esa sensación.

¿Cómo poder hablar con libertad sin ser capaces de conocernos como personas individualmente y como grupo? ¿Cómo aspirar a cambiar algo sin ese convencimiento de nosotros como grupo y como personas?

Es sorprendente la de veces que como educadoras/es, maestras/os, pedagogos/as tratamos que un grupo aprenda algo, lo que “nosotras/os” queremos que aprendan, sin preguntarnos quiénes somos como personas y como educadora o educador; sin cuestionarnos quién/es forman el grupo, quiénes y cómo somos; y cómo nosotras y nosotros mismos como educadoras/es influimos en la deriva del grupo.

Llegamos a nuestras sesiones, talleres, aulas (siempre me sonó a “jaula”)… con una enorme mochila a la espalda cargada con multitud de “yo” que nos influyen e influyen en el grupo. Y nos han entrenado para ignorarlos, para no verlos y, lo que es peor, para no tratar de descubrirlos, para no usarlos como aliados.

Todo aprendizaje comienza por conocernos, y presiento que esta primera sesión abre el camino a muchos y grandes aprendizajes en grupo.

* En nuestra sesión de hoy hemos llevado a cabo una dinámica de presentación que consistía en dibujar nuestro hipotético escudo (una figura dividida en 4 partes) representando en las distintas partes del mismo aquellas cosas que nos inspiran, nos representan, a las que aspiramos, etc.


Un año más (diario de cárcel)

                        Dibujo de Mana Neyestany

                   Dibujo de Mana Neyestany

En la espera el verano se vuelve largo, a veces pensando en por qué no seguir esos meses construyendo los talleres que hemos ido compartiendo los últimos años tras las rejas; a veces, pensando en cuántos quedarán de aquel grupo que consolidamos casi a final del año anterior. Por supuesto el verano es un descanso para poner en orden muchos pensamientos (para nosotros, claro), es un tiempo lo suficientemente largo para pensar en cosas nuevas para proponer cuando un día como hoy llega el momento de volver a la practica. Lo cierto es que desde hace dos veranos los meses de Julio y Agosto me sirven para desconectar, cargar pilas, disfrutar de la familia y amigos… y para pensar en qué buenos momentos pueden abrirse el próximo año detrás de esas rejas.

Un año más entramos por las puertas de la prisión, este año hemos decidido visitar varios módulos para anunciar que estamos de vuelta, que nos fuimos unos meses como cada año, pero que volvemos para comenzar de nuevo o para continuar lo que otros empezaron.

Las sensaciones no son ya las mismas que recorrían mi cabeza aquella mañana de marzo en la que todo me era extraño, frío, desconocido. Todo lo contrario, y aún no sé si eso es bueno o malo. Hoy todo me es familiar, desde la entrada por la primera puerta a los espacios y movimientos de cada módulo. Me preocupa, pero me mantiene alerta saber que aún soy consciente de como afecta ese proceso a mi forma de ser, de pensar y de actuar.

Llevaba mucho tiempo sin entrar en el módulo de mujeres. Siempre es un placer encontrar a viejas amigas y compañeras; charlar, hablar mucho, de todo, política, sociedad, del jodido mundo que nos ha tocado vivir (o cambiar)… pasan los minutos, se pasan las horas, y apenas hemos visitado el primer módulo. Pero, hay mucho de que hablar, no sé si ellas tienen más que contar o somos nosotros que traemos ganas de charla.

– ¿Este año que vamos a hacer? 

– ¿Habéis visto lo de Grecia?

– ¿Qué te parece lo de los refugiados? no hay derecho, esta Europa…

– Y mi Carlillos ¿cómo está? dile que me escriba. 

– ¿Belinda no viene más? 

Preguntan (amos) por todo, hablamos de todo y de todos. Estos momentos de compartir palabras casi me son más productivos en aprendizaje que cualquier taller montado simple y llanamente para enseñar algo. Sin embargo, a veces se nos olvida la riqueza del compartir, de escuchar… a veces los árboles no nos dejan ver el bosque, o el tiempo (tan “importante” para toda institución) no nos da tregua.

Salimos del primer módulo, personalmente no sin ganas de seguir hablando y dejando pasar el tiempo. Nos dividimos y visitamos otros 2 módulos más.

Preguntas por aquellos a quienes no ves, te preocupas por quienes siguen allí con el ánimo decaído. Hacemos un sondeo y buscamos las caras conocidas para abrazarnos y preguntarnos por el verano.

– Aquí siempre igual. Mucha calor, no cambia nada.

– ¿Y vosotros? ¿Habéis tenido buenas vacaciones no?

Faltan bastantes de aquellos que formamos un buen grupo antes de despedirnos en Junio, pero quienes quedan nos muestran las ganas de seguir compartiendo un poco de nuestro tiempo. Vamos a la biblioteca. Todo a cambiado un poco, las sillas siguen brillando por su ausencia, las mesas cambiadas de lugar y aquellos papeles continuos que marcaban las actividades que hacíamos y el calendario de actividades compartidas, han dejado de decorar la pared. Pero, sigue habiendo libros y nosotros seguimos viniendo, así que no hay nada que no pueda volver a construir un rico espacio de encuentro con nuevos proyectos, lecturas, películas, dinámicas y debates.

Ya estoy deseando que Oscar y yo comencemos, ¿qué nos esperará este año?

 

 


Disculpen las molestias estamos evalu… transformándo(nos)

Hace un año aproximadamente que como muchas y muchos sabéis comparto parte de mi tiempo en distintos módulos del Centro Penitenciario de Albolote gracias a la la gente de PIDES, a que aún considero que lo que hacemos allí es importante y a que los compañeros que dentro de la cárcel comparten esos días, siguen colaborando con nosotros en las pesadas actividades, películas y libros que trabajamos.

Llevaba tiempo queriendo dedicar una entrada a la evaluación, sobre todo porque en este mundillo en el que vivimos siempre hay alguna o algún atrevido que más que comerse el producto tal cual, trata de leer la etiqueta del mismo e incluso (cosa poco probable hoy en día) tiene la osadía de preguntar o preguntarse la procedencia de los ingredientes o componentes del mismo.

Para empezar, me gustaría dejar claro que la evaluación nunca es una tarea fácil ya se haga de forma individualizada o colectiva; desde la perspectiva de la autoevaluación o mediante evaluación por un agente externo. Por lo general tendemos a simplificar de tal manera los procesos de evaluación que terminan por aportar más bien poco al desarrollo de nuestras actividades. Así, una evaluación puede convertirse en una acumulación de objetivos cumplidos o por cumplir, vamos, en aquello que estamos acostumbrados a ver en todos los proyectos educativos, sociales, económicos, etc. que conocemos. Un proceso por el que queramos o no, todas y todos indivudualmente o como asociación tendremos que pasar de cara a la galería.

Pero, para mí, una evaluación es mucho más que eso. La evaluación de cualquier proyecto o acción educativa está siempre unida a la evolución del proceso que se está desarrollando, la evaluación se convierte así en la confirmación de la ideología, de los principios y de la fuerza del propio proyecto que estamos construyendo.

En las sesiones de club de lectura, en las distintas actividades y en los debates que establecemos en las sesiones que realizamos en la cárcel hay tres principios básicos que una vez fueron acordados en nuestro primer encuentro hemos respetado durante todas las sesiones:

  • Principio de intimidad: Lo que ocurre en el club de lectura, se queda en el club de lectura.

  • Principio de horizontalidad: Respetar la palabra y la opinión de cada participante aunque no estemos de acuerdo.

  • Principio de voluntariedad: Asistir al club, es totalmente voluntario, ni se prohibe ni se alienta la entrada por medios coercitivos ni de más interés que el propio club.

A estos tres principios que aprendí en mi primer día en el centro mis compañeros de PIDES Carlos y José, acordamos agregar en nuestra primera primera sesión uno nuevo:

  • Principio de libre intervención: mediante el cual acordamos que no será necesario pedir turno de palabra para hablar, comprometiéndonos a respetar y escuchar a la persona que esté interviniendo antes de interrumpir su discurso.

Dicho esto en un momento dado llegué a preguntarme: ¿qué derecho tengo yo para romper cualquiera de estos principios en la realización de la evaluación? O reformulando la pregunta ¿por qué romper estos principios al evaluar la actividad que estamos construyendo o desarrollando entre todos?

Vercauteren, “Mouss” Crabbé y Müller citando a Ardonio1 nos ofrecen dos tipos (a grosso modo) de evaluación, La “evaluación control” y la “evaluación signo”.

La “evaluación control” podríamos representarla como el modelo clásico de evaluación que estamos acostumbradas y acostumbrados a observar, planificar y realizar. En esta evaluación “se fija un marco, se determina un objetivo a alcanzar y éste se articula con una intención más lejana”

evaluación lineal

En este tipo de evaluación las preguntas que nos hacemos se repiten para todos los objetivos: ¿dónde estamos?¿qué nos queda?¿hemos seguido la línea o nos hemos desviado?

Planteandome mi propio proceso de evaluación traté de repasar los supuestos sobre los que se asienta una evaluación como la anterior. ¿De verdad una evaluación así tiene sentido en todos los contextos?¿Cómo evaluar un objetivo que varia en función de como lo hace el contexto y las propias personas que lo habitan y construyen?¿Cómo evaluar un proceso de cambio y aprendizaje continuo en un desarrollo horizontal de las relaciones?

Gran parte de las respuestas las hallé en los libros, pero una parte muy importante de las mismas no se encontraba en ellos, sino en mi propia experiencia al haber sido objeto de las evaluaciones constantes del sistema educativo y de la sociedad en la que vivimos. Existen variadas respuestas y alternativas a la evaluación tradicional y evidentemente yo no voy a descubrir ninguna nueva, pero quizás vaya siendo hora de que las asociaciones, entidades, colectivos, grupos y personas de forma individual que trabajan/trabajamos en el ámbito social no solo construyamos procesos alternativos sino que nos decidamos a evaluar esos procesos sin alterar nuestros principios (muchas me consta que ya lo hacen), a pesar de que las administraciones obligen a tener que justificar de alguna forma los proyectos que se realizan (es evidente que no se puede cambiar de golpe la mentalidad de rendición de cuentas y cumplimiento de objetivos de nuestro entorno).

En este caso, la “evaluación signo” se aborda desde el propio medio en el que se realiza nuestro encuentro de diálogo, lo importante aquí no son los puntos de partida y final, sino todo lo que ocurre entre esos puntos. Lo importante “es la intensidad de los diferentes momentos recorridos y las maneras en que se unen unos a otros”. (pág. 90)

evaluación signo

Al centrarnos en el medio, los objetivos dejan de cobrar importancia porque el propio programa, la propia actividad está siendo evaluada por todo el grupo en el momento de su realización. Las preguntas dejan de centrarse en el objetivo por conseguir para cuestionarnos colectivamente ¿Qué estamos construyendo?¿Qué nos frena como grupo y qué nos impulsa colectivamente? No esperamos a una evaluación posterior para repensar y transformar lo que estamos haciendo, sino que esta se produce en el propio proceso de la actividad.

Como bien exponen David Vercauteren, Olivier “Mouss” Crabbé y Thierry Müller “Una reunión, un proyecto, un grupo, se atascan en redundancias que conducen a un atolladero (un tipo de fuerza pasiva) y en pasiones tristes; se trata de tener en cuenta aquí y ahora ese momento para desenredar los hilos y cambiar de orientación. Bifurcar, crear otra línea y ver lo que pasa (pag. 91).”

Si a pequeña escala Oscar (otro compi de nuestros talleres en la cárcel) y yo, casi de manera inconsciente ponemos en práctica los procesos evaluativos de la “evaluación signo” para reconstruir constantemente nuestras actividades en función de las necesidades del grupo. A gran escala los beneficios de trabajar desde esta perspectiva sin separar el desarrollo de la actividad de la propia evaluación lo pude vivir hace a penas una semana, cuando Oscar, Juan y yo mismo decidimos que teníamos que reconducir las actividades que llevávamos a cabo en uno de los talleres que realizamos juntos.

Parar, repensar, reconstruir e informar. Parece sencillo, pero con el ajetreo de responsabilidades en las que todos o casi todos nos encontramos metidos resulta casi una Odisea.

Lo primero fue plantearnos la duda de que algo fallaba y saber que la carga de ese fallo no recaía en nosostros de forma particular, ni por supuesto en los chavales que dentro de su día a día particular en aquel módulo, bastante hacen con acercarse y curiosear. Pero, si el fallo no estaba ahí…

Indagamos en nuevas actividades (creatividad e innovación), seleccionamos aquellas que por nuestras habilidades y por el contexto podríamos dominar mejor (convicción y decisión), y por último, consultamos y consensuamos nuestras propuestas con nuestros compañeros del módulo para seleccionar las que creían podían motivarles más a trabajar (horizontalidad y participación informada).

Contado así puede parecer una gran puesta en escena, pero en realidad, ni nada es tan pomposo y difícil, ni tuvimos que plantearnos tantas trabas metodológicas. El resumen de andar por casa sería el siguiente:

Tres compañeros de trabajo detectan que algo no funciona. Dos de ellos lo hablan y lo comparten con el tercero. Todos piensan que falta un cambio. Buscan un día y una hora para compartir las propuestas. Se quedan con tres propuestas. Llegan al grupo de reunión y exponen la idea de cambio. El grupo lo recibe con indiferencia, posteriormente comienzan a hablarlo. Acuerdan que hacer el próximo día y nos comprometemos a experimentar algo nuevo. FIN DE LA HISTORIA.

Ya sé que más de una persona que haya llegado hasta aquí estará preguntándose ¿Y eso da resultado?

La respuesta correcta sería: Lo estamos evaluando.

De momento de lo unico que puedo informar es que tras el primer día de cambio, llamémosle “DÍA 1 DC” (Después del cambio), la asistencia al taller se multiplicó (no sin un buen trabajo e insistencia), la participación aumentó, y la confianza del grupo y en el grupo generó nuevas ideas y expectativas sobre la deriva positiva del mismo.

1. Vercauteren, David; “Mouss” Crabbé, Olivier y Müller, Thierry (2010). Micropolíticas de los grupos. Para una ecología de las prácticas colectivas. Traficantes de sueños. Madrid.


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