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Desnudando a LA BESTIA

Tú nunca soñaste con caer en las entrañas de LA BESTIA. Esa bestia que embiste, agarra y devora todo lo que queda cerca de su campo de visión, una visión que llega muy lejos. Casi no queda espacio en nuestro planeta que no se vea arrastrado a las fauces de LA BESTIA.

LA BESTIA creció por necesidad, nuestra necesidad. Se presentó como solución a los problemas de una humanidad perdida en sus ideas o carente de ellas. No hay pobreza que la pobreza no se trague, ni diferencias con las que LA BESTIA acabe, casi siempre, como acaba con todo lo que toca, devorándolas. LA BESTIA te da todo aquello que poco a poco te irá quitando, cada día de tu preciado tiempo. LA BESTIA se alimenta de tu tiempo, igual que consume el tiempo de todo lo que engulle.

La bestia

Por necesidad, tú acudes a LA BESTIA. Una bestia vestida con traje de cordero, pero que no esconde sus negras garras, ni sus afilados dientes. Garras, que se retiran por un instante, para ofrecerte el CONTRATO de tu felicidad. Desde ese momento, te toca pagar con tu vida todo aquello que LA BESTIA, en sus múltiples formas, te ha ofrecido para uso y disfrute de tu feliz camino hacia tu muerte cerebral.

LA BESTIA debora mujeres y hombres, casi con la misma facilidad con la que tu estiras la mano y quitás el capuchón al bolígrafo, para trazar ese pequeño garabato al final de TU CONTRATO. LA BESTIA crece y se alimenta de lo que ya nos vendió con anterioridad. LA BESTIA no entiende de ética, pero sí de estética. LA BESTIA no sabe de amor, pero si le hace falta, lo compra. LA BESTIA, te vende salud mientras te quita la vida. LA BESTIA camina deprisa, con la misma rapidez con la que consume tu tiempo. LA BESTIA no tiene amigos, pero para ti, los fabrica. LA BESTIA no tiene familia por eso no espera a nadie. LA BESTIA no muere nunca, por eso a todos nos mata lentamente mientras esperamos alcanzar las promesas que ella nos ha ofrecido.

¿Quién es nuestra BESTIA?


¿Por qué escribo?

“No es posible leer sin escribir, ni escribir sin leer… Nadie escribe si no escribe, del mismo modo que nadie nada si no nada.”

(Paulo Freire, Cartas a quien pretende enseñar)

Hace pocos días, hablando con una buena amiga y mejor persona, terminé contándole un poco por encima cual era mi motivación para escribir. Sí, siempre hay una motivación para algo y no siempre estuvo presente en mí la motivación por escribir y dejar lo escrito abierto a la lectura para otras personas.

Quizás, como muchas otras personas, comencé a escribir simplemente por volcar muchos de mis sentimientos en un papel, por contarme a mí mismo aquello que no sabía como expresar para los demás. Mi despertar a la escritura pública, está menos relacionado conmigo mismo y mucho más con una conciencia de ser y estar siendo parte del mundo que compartimos.

No escribo para agradar, ni tampoco para comprobar como llegan mis pensamientos a otras personas. Escribo para, de alguna forma, dejar una huella de aquello que voy viviendo. Escribo para buscar el intercambio de ideas, pero también para no dejar que todo aquello que experimento en mi practica diaria o en mis lecturas cotidianas quede apresado entre los muros de mis pensamientos internos.

Escribir

Si como persona, escribir se convierte en una forma de estar formando parte del mundo y de un intercambio de ideas, como profesional de la educación, escribir se convierte para mi en un deber. Se convierte en el deber de dejar escrita parte de una historia, una historia vivida por mí, pero también por otras personas en las prácticas educativas en las que estamos inmersas. Una historia que cuenta multitud de pequeñas historias, de distintas prácticas. Una historia que cuenta los aciertos, pero también los fallos y las soluciones encontradas. Una historia que nace con la intención de contagiar a otras personas el amor por actuar en al ámbito de la educación social, pero que no busca ser ejemplo a seguir, sino un diálogo para construir.

La escuela, al menos la que yo viví, me enseño a escribir solo para reproducir textos. Me enseñó a escribir separando esta practica de la de leer, y me enseñó a leer olvidando la importancia de escribir. Quizás, y tengo la esperanza de que actualmente así sea, la escuela debería ser ese lugar donde aprendiésemos la importancia de dejar nuestras propias historias escritas. Donde leer y escribir, dejen de ser dos prácticas separadas, donde leer ocupe el lugar central del conocimiento, para dejar paso a la importancia de escrbir para conocer. Donde descubriésemos la importancia que puede adquirir escribir, para que quizás en algún otro momento, cualquier persona pueda dialogar con nuestras palabras.

Para actuar en la sociedad, para poner en marcha proyectos y practicas de acción social transformadora, acudimos a los ejemplos de otras personas. Ejemplos que nacen de la practica personal y colectiva, pero que se plasman en libros, videos, blogs, páginas webs… Sin embargo, nos olvidamos, o más bien no nos sentimos con la seguridad suficiente, de pensar que nuestra propia practica pueda servir a alguien para aprender, para informarse, o simplemente, para entrar en debate con nuestras ideas y prácticas personales y/o grupales.

Por eso escribo. Por la conciencia social, política y personal que me dice que debemos ser testigos vivos de aquello que hacemos. Por la convicción de qué tenemos la obligación para con la sociedad de dejar huella, no solo en las personas con las que compartimos y trabajamos diariamente, sino también con aquellas que algún día puedan estar buscando, igual que todos/as lo hemos hecho, una pista para comenzar su camino en el ámbito de la acción social.

¿Y tú por qué escribes? ¿Por qué no escribes?


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