Castillos de arena

Se sentó tanquilamente a comtemplar su hermosa obra. Durante mucho rato había extremado los cuidados para levantar aquel sólido castillo de arena.

El sol del día y la humedad de la arena le habían ayudado a mantener intacto cada detalle. Ni tan siquiera aquella momentánea ráfaga de aire había dañado la sólida estructura. Sentada frente a él cerró los ojos dejando volar su imaginación. En su mente pudo ver todas las cosas que podría hacer en su pequeño castillo, cada grano de arena era un pequeño sueño alcanzado.

Al abrir los ojos contempló con preocupación como la espuma blanca de las olas se acercaba cada vez más a su castillo. Cabó una pequeña zanja alrededor, intentó protegerlo de todas las maneras posibles, llegando a pensar que aquella estructura construida con tanto amor no caería nunca.

Sentada frente a su obra observó como grano a grano de arena las torres, las ventanas, iban cayendo mermadas por la llegada del agua. Las lagrimas asomaron a sus ojos.

– ¡Nunca más construiré un castillo!

Pero, las horas pasaron y allí, sentada en la inmensidad de aquella rubia arena, comenzó a soñar con nuevos castillos. Ahora sabía que podían no ser para siempre, había aprendido que su dicha estaba en el tiempo que dedicaba a unir los pequeños granos de arena, había entendido que hay cosas que no se pueden controlar, pero que nada evitaría que su amor por construir pequeños castillos de arena permaneciera intacto.


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