DAME UN LAZO… Y AGITAREMOS EL MUNDO

Pues dejo aquí uno de esos artículos escritos para 87grados, Podéis visitar su página para ver este y otros muchos artículos: https://87grados.wordpress.com/ . Espero que lo disfrutéis.

 

En este último año los lazos se han puesto de moda. Hay quien pone lazos a sus perros, a su gato; se publican tutoriales en youtube para hacer lazos con un solo dedo y lazos de moño triple, que no se lo que es pero por las visualizaciones que tiene pronto acabaremos con uno en la cabeza; hay quien utiliza el lazo como trampa caza conejos; y en la industria textil el lazo llega a tener un departamento especial: lazos de satén, lazos de piel, de astracan, de felpa, estampadas, sin estampar…

Lazos. Esos grandes desconocidos, para confirmarlo, os remito a la entrevista realizada por nuestros corresponsales en este número de 87grados.

Pero, hay lazos que van mucho más allá de los significados materiales con los que se definen en todas las acepciones del diccionario de la RAE. Lazos que rompen la materialidad de sus tejidos para extender todo un conjunto de relaciones.

El lazo, puede evocar el conjunto de elementos que une a una comunidad. De esta forma, ha sido utilizado como metáfora para representar el “lazo social” por pensadores como Rousseau o Durkheim. El psicoanálisis, ha abordado el lazo social y su degradación fruto de la sociedad capitalista, como motor de procesos de individualismo y fundamentalismos.

Para entendernos, podemos decir que este lazo social representa aquello que nos une o pone en relación con otras personas. Una forma de encontrarnos en comunidad, un factor inmaterial, más ético que moral, que hace que nos sintamos en disposición de asociarnos entre diferentes personas, más que de asentarnos en nuestra propia individualidad.

Decía Rousseau que “cuando el vínculo social se rompe en todos los corazones, cuando el más vil interés se adorna con descaro con el nombre sagrado del bien público, la voluntad general enmudece entonces; guiados todos por motivos secretos, no opinan ya como ciudadanos, sino como si jamás hubiese existido el Estado; y se hacen pasar falsamente con el nombre de leyes los inicuos decretos, que sólo tienen por fin el interés particular.”¹

Así, hablar de lazo es hablar de política, sociología, filosofía, psicología, en definitiva, de relaciones y la forma en que las construimos.

Hoy que las derechas se rearman, que las instituciones pierden credibilidad, que el lazo social se desvanece entre discursos apolíticos e individualidades emocionales. Hoy que el miedo acecha y nos encierra, encapsulándonos en nuestro propio yo, es más necesario que nunca que volvamos a (re)pensarnos dentro de nuestros propios lazos. Esos lazos que procuran acoger(nos ) , comprender (nos ) y construir(nos) en comunidad.

Acostumbrados a vivir entre lazos que se cierran sobre sí mismos, hemos olvidado como dice Byung-Chul Han² el poder que alberga la razón para ofrecer hospitalidad. Por eso, se vuelve fundamental repensar esos lazos cerrados, para pensar nuevos Lazos Abiertos.

Lazos abiertos de solidaridad, basada en la justicia, la igualdad y la lucha por la dignidad. Lazos dinamiten, esa división de lo sensible de la que nos habla Rancieré³, permitiendo la participación de las y los excluidos, redescubriéndonos en nuevas voces a través de la experiencia compartida.

Lazos que, en definitiva, multipliquen las posibilidades de acoger nuevas relaciones, hacia un constante devenir del bien común.

Existe un lazo que, precisamente por experimentarse en la cotidianidad de nuestra vida, resulta de especial relevancia en la construcción de comunidad.

Los lazos de la amistad.

Lazos que mantienen viva una revista. Los mismos que construyen asociación. Los que se juntan para reclamar derechos. Esos con los que contactamos en los momentos de mayor felicidad, a los que llamamos en los tiempos de necesidad.

Lazos que, precisamente por representar un sentir común, vinculado al mundo de lo sensible, hacen que en este momento mis manos reduzcan la velocidad con la que pulsan cada tecla del ordenador. Como si cada movimiento de mis dedos quisiera recrearse en las mañanas, tardes y noches vividas desde la amistad.

Ese lazo de la amistad no representa un vínculo que se llena tan solo con el lenguaje de la mercadotecnia neocapitalista, reduciendo las emociones a una suerte de gestión individual de estas. Sino que se presenta como un lazo político y de resistencia, que articula las experiencias de proyectos compartidos. Proyectos políticos, sociales, laborales, familiares… proyectos basados en la confianza, la complicidad y el profundo sentido de transformación del mundo en que vivimos.

Un lazo que sortea las distancias y los tiempos. Que reconfigura los usos de la hipercomunicación acelerada, tejiendo desde la espera, un tiempo de esperanza.

Es un lazo del sentir de las distintas personas con las que tenemos la suerte de encontrarnos. Amistades que han querido ser partícipes de la época que les ha tocado vivir. Es un lazo de vidas intensas y apasionadas que buscan tocar(se) en los corazones, para despertar la revolución de las periferias, de los sin nombre, de las olvidadas.

Cultivar el lazo de la amistad es, hoy más que nunca, cultivar el lazo de la resistencia política y social para enfrentar el resurgir del fascismo. Es construir, pensar, recuperar y soñar proyectos que refuercen nuestro devenir comunidad.

De ahí que, ese lazo de la amistad se presente como un lazo abierto. Un lazo de ideas que quedan inacabadas, en pausa, para dejar paso a nuevos sueños; de igual forma que acoge nuevas amistades que concluyan los sueños olvidados o que esperan ser desempolvados en el viejo baúl de nuestros corazones.


1. Rousseau, J.J. El contrato social. Disponible en pdf en: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/C o l e c c i o n e s / O b r a s C l a s i c a s / _ d o c s /ContratoSocial.pdf

2. Byung-Chul Han (2017). La expulsión de lo distinto. Harder editorial.

3. Rancière, J. (2014). El reparto de lo sensible. Estética y política. Prometeo Editorial

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